Tratamiento. Alimentación adecuada. Cada palabra era un recordatorio más de lo cerca que habían estado del desastre.
—¿Tiene seguro médico? —preguntó el doctor, mirando a Mauricio.
—Yo me encargo de todo —respondió él sin dudar.
No fue una promesa impulsiva. Fue una decisión.
Horas después, cuando la noche cayó por completo sobre la ciudad, Mauricio se sentó solo en la sala de espera. Los niños dormían recostados uno contra el otro, cubiertos con una manta del hospital.
Por primera vez en mucho tiempo, Mauricio no revisó su correo, no respondió mensajes, no pensó en negocios.
Pensó en Clarís.
Recordó detalles que antes le parecían insignificantes: cómo siempre dejaba una manzana cortada para los niños antes de irse a dormir, cómo tarareaba canciones mientras limpiaba, cómo los miraba con una ternura que él mismo había olvidado ejercer.
Se dio cuenta entonces de algo inquietante: Clarís había estado sosteniendo emocionalmente a sus hijos mientras él no estaba. Y casi la pierde por no haberlo notado.
A la mañana siguiente, Clarís despertó desorientada. El sol entraba por la ventana y el sonido lejano de pasos y máquinas llenaba el ambiente. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba… y por qué.
Mauricio estaba sentado en una silla junto a la cama, con la chaqueta doblada sobre las piernas. Había pasado la noche allí.
—¿Doctor Mauricio…? —susurró ella.
Él levantó la vista de inmediato.
—Aquí estoy.
Clarís tragó saliva.
—Los niños…
—Están bien. Dormidos. Vendrán más tarde a verte.
Ella cerró los ojos, aliviada. Luego los abrió de nuevo, como si algo le pesara demasiado.
—No quería que esto pasara —dijo—. Necesitaba el trabajo. No podía faltar. No podía enfermarme.
Mauricio sintió una punzada directa al corazón.
—Nadie debería vivir así —respondió—. Y no volverá a pasar.
Clarís lo miró con cautela.
—¿Qué quiere decir?
Él respiró hondo antes de hablar, consciente de que lo que dijera a partir de ese momento cambiaría muchas cosas.
—Que mientras trabajes para mí, tu salud no volverá a ser una opción secundaria. Que tendrás médico, descanso, tiempo. Y que… no estás sola.
Los ojos de Clarís se llenaron de lágrimas, pero esta vez no por miedo, sino por algo que no sabía nombrar.
En ese silencio compartido, ambos entendieron que aquella caída en el suelo de piedra no solo había marcado un límite físico, sino el comienzo de algo nuevo. Algo inevitable. Algo que ya no podía ignorarse.
