—La encontré desmayada en el suelo de mi casa —dijo sin aliento—. No sé nada más. Solo sé que estaba helada y no despertaba.
Las enfermeras intercambiaron una mirada preocupada antes de llevarse a Clarís a una habitación cerrada, con puertas de vidrio esmerilado.
Mauricio se quedó inmóvil en el pasillo, con los gemelos aferrados a sus piernas, uno a cada lado. Temblando y sollozando suavemente, se inclinó para abrazarlos a ambos al mismo tiempo.
Sintió su desesperación filtrarse en su propio corazón, el miedo recorriendo aquellos cuerpos pequeños y frágiles.
—Va a estar bien, lo prometo —dijo sin ninguna certeza, sin saber si era verdad o solo una mentira para calmarlos.
Los niños se tranquilizaron un poco, pero no lo soltaron. Permanecieron allí, aferrados a él, como si temieran perderlo también, como si cualquier separación pudiera ser definitiva.
Mauricio miró su reloj de pulsera: pasaban ya de las siete de la tarde. No había avisado a nadie. Ni a la empresa, ni a su secretaria, ni a los socios. A nadie.
Sacó el celular del bolsillo del pantalón y llamó a Neusa. La criada contestó de inmediato. Mauricio habló con voz preocupada y le explicó rápidamente lo ocurrido.
Ella guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos, hasta que finalmente dijo, con la voz temblorosa y cargada de culpa:
—Doctor Mauricio… tengo que decirle algo. Algo que debería haberle dicho antes.

Él frunció el ceño, sintiendo cómo la ira comenzaba a crecer.
—¿Qué pasa, Neusa? Hable rápido.
Neusa respiró hondo al otro lado de la línea y continuó en voz baja:
—Clarís llevaba varios días sintiéndose mal. Se desmayó dos veces aquí en la casa: una en el lavadero y otra en la cocina. Le pedí que fuera al médico, pero dijo que no tenía dinero, que se recuperaría sola, que solo era cansancio
. Le di medicamentos para la presión… los tomó, pero no creo que hayan ayudado.
Mauricio salió de la habitación con el pecho apretado, como si hubiera dejado una parte de sí mismo junto a Clarís.
Cerró la puerta con cuidado, temiendo que cualquier ruido brusco pudiera devolverla a ese estado frágil del que acababa de salir. En el pasillo, los gemelos lo esperaban sentados en una banca, abrazados uno al otro.
Al verlo, se pusieron de pie de inmediato.
—¿Está bien? —preguntó uno de ellos, con los ojos aún hinchados de tanto llorar.
Mauricio se arrodilló frente a ellos y los miró a los ojos.
—Sí. Está despierta. Los médicos dicen que va a mejorar —respondió con una voz firme que no sentía del todo, pero que necesitaban oír.
Los niños soltaron un suspiro al mismo tiempo, como si hubieran estado conteniendo el aire durante horas. Uno de ellos se limpió la nariz con la manga y preguntó en voz baja:
—¿Podemos verla?
Mauricio dudó apenas un segundo antes de asentir.
—Solo un momento. Y en silencio.
Entraron despacio. Clarís dormía ahora, el rostro relajado, ajena por primera vez en días al peso del cansancio.
Los gemelos se acercaron a la cama como si se tratara de algo sagrado. Uno de ellos tomó con cuidado la punta de la sábana, el otro le dejó un dibujo doblado sobre la mesita de noche: una casa grande, cuatro figuras tomadas de la mano y un sol enorme arriba.

Mauricio observó la escena con un nudo en la garganta. No recordaba la última vez que había visto a sus hijos hacer algo así por alguien.
Salieron de la habitación y el médico les indicó que Clarís tendría que quedarse internada al menos varios días. Reposo absoluto. Estudios.
