En la empresa, los rumores corrieron rápido. ¿Por qué el jefe había traído a “la empleada” a vivir cerca? ¿Por qué había cambiado políticas internas de la noche a la mañana? Algunos socios lo miraron con recelo. Otros con burla.
—Te estás ablandando —le dijo uno—. Eso es peligroso en los negocios.
Renan no discutió. Simplemente firmó los cambios.
Esa misma semana, Adriana se atrevió a contar la verdad completa.
—No me escondía solo por pobreza —confesó una noche—. El padre de Sofía no fue mi esposo. Fue un hombre violento. Cuando murió, su familia me culpó. Me amenazaron con quitarme a los niños.
Renan sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Por qué no pediste ayuda?
—Porque nadie ayuda gratis —respondió ella—. Y yo tenía miedo de deberle algo a alguien.
Él la entendió entonces. No era solo una mujer fuerte. Era una sobreviviente.
Días después, Mateo llegó del colegio con un dibujo. Cuatro figuras tomadas de la mano frente a un edificio alto.
—La maestra dijo que podía dibujar a mi familia —explicó—. Te dibujé a ti también.

Renan se quedó mirando el papel largo rato. Luego se agachó frente al niño.
—Mateo… yo no quiero reemplazar a nadie.
—No —respondió el niño—. Pero te quedaste.
Esa noche, Renan lloró en silencio. No por culpa. Por gratitud.
Porque seguir a Adriana aquel día no solo le mostró una injusticia.
Le devolvió algo que había perdido sin darse cuenta:
la capacidad de hacerse cargo.
Y eso… ya no tenía vuelta atrás.
