El Millonario Sigue A La Mujer De Limpieza Y La Ve En Casa Abandonada Con Sus Hijos Y Revelan Verdad-nana

—Esto no es caridad —respondió él—. Es responsabilidad. Y tal vez… humanidad tardía.

Los niños miraban sin entender, pero algo en el tono de Renan los calmó. Mateo soltó un poco la camisa de su madre. Lucía dio un paso adelante.

—¿Vamos a dormir en una casa de verdad? —preguntó en voz muy baja.

Renan sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—Sí —respondió—. Hoy sí.

Horas después, el coche avanzaba por la carretera mientras el sol se ocultaba. Los niños dormían en el asiento trasero, agotados. Adriana miraba por la ventana, incapaz de hablar.

—No sé cómo agradecerle —dijo al fin.

Renan mantuvo los ojos en la carretera.

—No me agradezcas todavía —respondió—. Aún no sé qué voy a hacer… pero sí sé una cosa.

—¿Cuál?

—Que después de hoy, no puedo volver a ser el mismo hombre.

Adriana lo miró por primera vez sin miedo. Solo con una mezcla de incredulidad y esperanza.

Y Renan lo entendió: seguirla aquel día no solo le había revelado una verdad…le había cambiado la vida para siempre.

La llegada al ático fue silenciosa. Adriana bajó del coche con cautela, como si temiera que todo aquello fuera una ilusión que podía romperse con un solo movimiento brusco.

El edificio se alzaba imponente, iluminado, seguro. Nada que ver con el camino de tierra que habían dejado atrás.

Mateo fue el primero en bajar. Miró hacia arriba, boquiabierto.

—¿Aquí vive la gente rica? —preguntó en voz baja.

Renan no supo qué responder. Por primera vez, esa palabra le pesó.

—Aquí vive gente —dijo finalmente—. Y esta noche, ustedes también.

Dentro, el ático estaba impecable. Demasiado. Adriana sintió un nudo en el estómago al ver los pisos brillantes, los muebles caros, el silencio perfecto. Apretó a Sofía contra su pecho.

—No quiero causar problemas —dijo—. Podemos quedarnos solo esta noche.

Renan la miró con seriedad.

—No. No van a volver a ese lugar.

Esa noche, mientras los niños dormían por primera vez en camas limpias, Renan se quedó despierto en la sala. Pensó en los contratos firmados sin leer, en los bonos millonarios, en las cenas donde se hablaba de “optimizar recursos humanos” como si las personas fueran números.

A la mañana siguiente, llamó a su abogado.

—Quiero regularizar la situación de Adriana —dijo sin rodeos—. Contrato formal, seguro médico, salario digno. Y quiero un fondo educativo para los niños.

—¿Algún parentesco? —preguntó el abogado.

Renan miró a través del cristal hacia el pasillo, donde Adriana ayudaba a Lucía a ponerse los zapatos.

—Aún no —respondió—. Pero me importa.

La reacción no tardó en llegar.