El Millonario Sigue A La Mujer De Limpieza Y La Ve En Casa Abandonada Con Sus Hijos Y Revelan Verdad-nana

 Los otros dos, uno de unos cinco años y el otro quizá de siete u ocho, estaban pegados a su madre, temblando. Temblaban de miedo de él: de aquel hombre de traje que había aparecido de la nada frente a la casa donde se escondían.

Y eso rompió algo dentro de Renan. Algo que no sabía que aún existía después de tantos años construyendo imperios, cerrando tratos, pisoteando personas para llegar a donde estaba. Había olvidado lo que era mirar a alguien y sentir compasión.

Pero allí, parado en ese camino de tierra en medio de la nada, lo sintió con una fuerza que casi lo derribó.

Adriana finalmente habló. Le temblaban los labios. Su voz salió baja y desesperada.

—Señor Renan… por favor… no me despida. Necesito este trabajo. De verdad.

Habló rápido, las palabras atropellándose unas a otras. Sus ojos brillaban por las lágrimas que aún no caían, pero estaban allí, contenidas, amenazando con desbordarse en cualquier momento.

Renan levantó la mano, no de forma agresiva, sino pidiendo silencio. Necesitaba tiempo para pensar, para ordenar el caos que tenía en la cabeza.

Miró a su alrededor.

Vio la casa de barro, el techo de tejas rotas, las paredes agrietadas, la puerta de madera apenas sostenida por bisagras oxidadas. Vio la cerca improvisada hecha con tablas viejas.

El estrecho camino de tierra que conducía hasta allí. La soledad absoluta del lugar, lejos de todo y de todos.

Entonces lo entendió.

Adriana no solo vivía allí. Se estaba escondiendo. Del mundo. De él. De cualquiera que pudiera juzgarla o quitarle lo único que tenía: ese trabajo que pagaba las cuentas y ponía comida en el plato de sus hijos.

El viento levantó más polvo. Renan vio un trozo de tela vieja colgando de una ventana, usada como cortina. Una lata oxidada boca abajo cerca de la entrada, probablemente usada como banco. Manchas de humedad en las paredes. Agujeros en el techo por donde entraba la lluvia.

Pensó en cómo debía ser vivir allí. Dormir sabiendo que en cualquier momento todo podía venirse abajo. Despertarse de madrugada, tomar dos autobuses, trabajar todo el día y regresar para cuidar sola de tres niños.

Sin ayuda. Sin descanso. Sin esperanza real de que las cosas mejoraran.

Y aun así, Adriana no había faltado ni un solo día. Nunca se quejó. Nunca pidió nada más allá del salario que él le pagaba. Un salario que ahora comprendía que era ridículamente bajo para todo lo que ella hacía.

—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —preguntó Renan con voz grave.

—Más del que pensé —respondió Adriana, tragando saliva, apretando al bebé contra su pecho—. Desde que empecé a trabajar para usted… hace dos años.

Renan sintió el golpe en el estómago.

Dos años.

Dos años viéndola llegar cada día a su casa. Limpiar, cocinar, organizar, sonreír con educación cuando él decía “buenos días” y luego volver a aquel lugar que se caía a pedazos. A esos niños que vivían escondidos del mundo.

Y él nunca preguntó.

Nunca quiso saber.

Porque para él, Adriana era solo una empleada más.

Renan permaneció en silencio unos segundos más. Adriana no se atrevía a moverse. Los niños seguían aferrados a ella, como si aquel hombre pudiera

 desaparecerlos con solo una palabra. El bebé empezó a inquietarse, y Adriana lo meció instintivamente, murmurando algo inaudible para tranquilizarlo.

—¿Cómo se llaman? —preguntó Renan de pronto.

La pregunta cayó como algo inesperado. Adriana parpadeó, confundida.

—¿Cómo…?

—Los niños —repitió él, con la voz más suave—. ¿Cómo se llaman?

Ella dudó, como si temiera que cualquier palabra pudiera empeorar la situación.

—El mayor es Mateo —dijo señalando al niño que no dejaba de temblar—. La del medio es Lucía… y la pequeña se llama Sofía.

Renan los miró uno por uno. Mateo tenía la mirada endurecida de quien ha tenido que crecer demasiado rápido. Lucía apretaba los labios, conteniendo el llanto. Sofía lo observaba con curiosidad, ajena al peligro que los rodeaba.

—¿Y el padre? —preguntó Renan, casi en un susurro.

Adriana bajó la mirada.

—Murió —respondió—. Hace tres años. Un accidente en la construcción.

Renan cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo en él ya había cambiado.

—Suban al coche —dijo de repente.

Adriana levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué…?

—No aquí —continuó él—. Los niños no deberían vivir aquí.

El pánico regresó al rostro de Adriana.

—Señor Renan, por favor… si es por el trabajo, haré lo que sea. No los lleve a ningún lugar. No tengo a nadie más.

Renan dio un paso más cerca. Ya no había distancia entre ellos.

—No voy a despedirte —dijo con firmeza—. Y no voy a quitarte a tus hijos. Pero tampoco voy a dejar que sigan viviendo en este lugar.

Adriana empezó a llorar. No de alivio total, sino de agotamiento. Años de miedo contenidos salieron de golpe.

—No necesito caridad —sollozó—. Solo necesitaba trabajar.