Renan apagó el motor y salió del coche lentamente, sin poder creer lo que estaba viendo.

Adriana estaba allí, de pie frente a una casa de barro en ruinas, con tres niños aferrados a ella. Renan dio un par de pasos en su dirección.
El polvo se levantó bajo sus zapatos italianos, que valían más de lo que muchas personas ganaban en un año. El sol cálido de la tarde le dio de frente en el rostro mientras intentaba procesar la escena.
Adriana había trabajado para él dura
nte casi dos años. Siempre puntual. Siempre discreta. Siempre con ese porte tranquilo de quien no quiere llamar la atención. Jamás imaginó que su vida fuera así.
Aquella mujer que limpiaba sus pisos de mármol y ordenaba su ropa cara vivía allí, en un lugar que parecía más una escena de abandono que un hogar.
Y peor aún: escondía a tres niños. Tres pequeñas vidas que dependían de ella. Y él no tenía la menor idea.
Adriana no se movió. Permaneció de pie en la puerta, con un bebé en brazos y dos niños aferrados a sus piernas. Sus ojos estaban muy abiertos, no por sorpresa, sino por puro terror.
Como si el mundo entero se hubiera derrumbado en ese instante. Sabía que la habían descubierto. Sabía que ya no había forma de ocultarlo.
Renan lo vio todo reflejado en su rostro: la respiración agitada, los hombros tensos, la boca entreabierta buscando palabras que no salían.
Se detuvo a unos tres metros de distancia, con las manos aún en los bolsillos de su traje azul marino. Se quedó en silencio. No sabía qué decir. No sabía si preguntar, si gritar o si simplemente dar media vuelta y fingir que nunca había visto nada. Pero no pudo.

No pudo apartar la mirada de aquellos tres niños sucios, descalzos, con la ropa rota y la mirada asustada.
El más pequeño, el bebé en brazos de Adriana, no tendría más de un año. Sus ojos claros estaban fijos en él, llenos de esa curiosidad inocente que solo tienen los bebés.
