—A ser padre. Enséñame a hacer lo que tú haces. Ellos no me conocen. Tengo miedo de tocarlos y romperlos. Tengo miedo de mirarlos y ver a mi esposa muerta. Pero hoy… hoy Francisco me ha sonreído y me he dado cuenta de que me estoy perdiendo sus vidas. Por favor, María. Ayúdame.
María vio en los ojos de ese hombre no al jefe arrogante, sino a un ser humano herido pidiendo auxilio. Sonrió, una sonrisa que iluminó la estancia más que cualquiera de las lámparas de diseño.
—No es difícil, señor Vega. Solo hay que amar sin miedo. Empezamos mañana.
Y así comenzó la transformación.
Al día siguiente, Alejandro pospuso sus reuniones de la mañana. Bajó a desayunar en pijama, algo que no hacía desde su adolescencia. María le enseñó a sostener el biberón de manera que no entrara aire. Le enseñó a cambiar un pañal sin hacer muecas de asco, convirtiéndolo en un juego de cosquillas. Le explicó que Sofía era curiosa y necesitaba estímulos visuales, mientras que Francisco era sensible y necesitaba susurros y caricias.
Día tras día, semana tras semana, la casa cambió. Las cortinas pesadas se abrieron para dejar entrar la luz. El silencio mortal fue sustituido por música infantil y risas. Alejandro empezó a volver a casa a las seis, luego a las cinco. Descubrió que era mucho más eficiente en el trabajo porque ahora tenía un motivo real para terminar pronto: llegar a la hora del baño.
María dejó de ser la niñera para convertirse en la capitana de ese barco. Alejandro admiraba su paciencia infinita, su inteligencia natural y, sobre todo, la inmensa capacidad de amor que albergaba su corazón. Empezó a conocerla. Supo que había estudiado pedagogía pero que la crisis y la muerte de sus propios padres en un accidente la habían obligado a trabajar de lo que fuera para pagar deudas. Supo que su sueño era tener una gran familia, un sueño que había aparcado por la realidad de su vida.
La admiración dio paso al cariño, y el cariño, inevitablemente, floreció en algo más profundo. Alejandro se dio cuenta de que no solo corría a casa para ver a los niños; corría a casa para verla a ella. Para escuchar su risa, para contarle su día, para compartir una copa de vino cuando los niños dormían y hablar de la vida, de los miedos, del futuro.
El punto de inflexión llegó dos meses después, durante una noche de fiebre alta de Francisco. Alejandro estaba aterrorizado, caminando en círculos, pero María tomó el control con una calma sobrenatural. Pasaron la noche entera turnándose para poner paños fríos en la frente del bebé, susurrándole y meciéndolo. A las cinco de la mañana, cuando la fiebre bajó y Francisco se durmió plácidamente, Alejandro y María se quedaron sentados en el suelo de la habitación infantil, agotados, hombro con hombro.
Alejandro la miró. Con el pelo revuelto, sin maquillaje, con ojeras oscuras bajo los ojos, le pareció la mujer más hermosa del mundo.
—Eres la madre que ellos merecen —susurró Alejandro, rompiendo el silencio de la madrugada—. Y eres la mujer que me ha salvado la vida.
María giró la cabeza, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. —Ellos también me han salvado a mí, Alejandro. Me han dado un propósito. Y tú… tú me has enseñado que las segundas oportunidades existen.
Alejandro no lo pensó. Se inclinó y la besó. Fue un beso suave, cargado de gratitud, de promesas y de un amor que había nacido entre pañales, nanas y el renacer de una esperanza. María respondió al beso con la misma intensidad. En ese momento, las barreras de clase, de dinero y de pasado se disolvieron. Solo quedaron un hombre y una mujer que habían decidido reconstruir un hogar juntos.
Seis meses después, la “boda del año” no fue en una catedral con mil invitados, como la sociedad madrileña esperaba del gran Alejandro Vega. Fue en el jardín de la villa. Solo asistieron los amigos más íntimos y el personal de confianza. Francisco y Sofía, que ya empezaban a dar sus primeros pasos tambaleantes, eran los pajes de honor, vestidos con trajes de lino blanco.
Cuando el juez preguntó si alguien tenía algo que objetar, se hizo un silencio solemne, que fue roto por un grito entusiasta de Sofía, quien señaló a María y gritó con claridad por primera vez: —¡Mamá!
Los invitados estallaron en carcajadas y aplausos. María lloró de felicidad, y Alejandro, con el corazón rebosante, supo que ningún contrato millonario podría igualar jamás la riqueza de ese instante.
La luna de miel fue en casa. Transformaron la villa en su refugio. Alejandro adoptó legalmente el papel de padre presente, y María inició los trámites para adoptar legalmente a los gemelos, un mero formalismo, pues en sus corazones ya eran suyos desde aquella tarde de lluvia.
Pero la vida tenía reservada una sorpresa más. Un año después de la boda, en el aniversario de aquel día en que Alejandro volvió a casa para despedirla, María le entregó una caja pequeña envuelta en papel dorado. Alejandro la abrió esperando un reloj o unos gemelos. En su lugar, encontró un patuco de bebé y una prueba de embarazo positiva.
—Vamos a necesitar una furgoneta más grande —dijo María riendo, mientras Alejandro la levantaba en el aire, girando con ella, gritando de alegría.
La pequeña Carmen nació nueve meses después, llevando el nombre de la primera esposa en un acto de honor y respeto que cerraba el círculo del duelo y abría el de la vida plena. La niña tenía los ojos de su madre María y la determinación de su padre.
Dos años después de aquel fatídico día de noviembre, Alejandro Vega volvió a entrar en su casa antes de lo previsto. Esta vez no había llamadas anónimas, ni ira, ni miedo. Era su segundo aniversario de bodas y quería sorprender a su esposa.
Al entrar en el salón, la escena le resultó familiar, pero magnificada. María estaba en la alfombra. Francisco y Sofía, ahora niños parlanchines y llenos de energía, construían una torre de bloques. La bebé Carmen intentaba derribarla gateando a toda velocidad. María reía a carcajadas, mediando en el juego con esa paciencia infinita que la caracterizaba.
Alejandro se apoyó en el marco de la puerta, tal como lo hizo la primera vez. Pero ahora no era un extraño espiando. Era el protagonista admirando su obra maestra.
