—Puedo explicarlo —se apresuró a decir María, bajando la vista, esperando el grito, el despido inminente—. Sé que no debo cargarlos todo el tiempo. Sé que el protocolo dice que deben estar en el parque o en la cuna. Pero… —su voz se quebró, pero luego tomó fuerza, levantando la barbilla con una dignidad que sorprendió al millonario—, estaban inquietos. Francisco lloraba mucho en el parque y Sofía no quería soltarme la mano. No quería dejarlos llorar, señor. No podía. Así que me los até para poder terminar de limpiar la cocina sin que se sintieran solos. Por favor, no los despierte con gritos, si me va a despedir, espere a que los deje en la cuna.
Alejandro parpadeó, saliendo de su trance. La ferocidad con la que ella pidió silencio para proteger el sueño de sus hijos le atravesó el corazón.
—¿Despedirte? —la voz de Alejandro salió ronca, irreconocible para él mismo.
Dio un paso hacia ella. María se tensó, retrocediendo un milímetro. Alejandro se detuvo, dándose cuenta de que le tenía miedo. A él. A su propio padre. O al menos, al hombre que pagaba las facturas.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —preguntó él, señalando el fular.
María tragó saliva. —Desde el primer día, señor.
—¿Por qué?
María suspiró, viendo que no tenía nada que perder. —Porque lo necesitan, señor Vega. —Lo miró directamente a los ojos, y en esa mirada Alejandro vio una compasión que no merecía—. Tienen comida, tienen ropa cara, tienen juguetes de marca. Pero son bebés. No entienden de dinero. Entienden de piel. Entienden de latidos. Necesitan calor humano. Necesitan saber que, si lloran, alguien vendrá. Necesitan oler a alguien que los quiera. Y con todo respeto… se sentían muy solos en esta casa tan grande.
Las palabras cayeron como losas sobre la conciencia de Alejandro. Solos.
Alejandro se acercó lentamente, rompiendo la barrera de seguridad. Se situó frente a María y miró a Francisco. El niño, sintiendo la proximidad de alguien o quizás el cambio en la energía de la habitación, abrió lentamente los ojos. Esos ojos verdes, idénticos a los de Carmen.
Alejandro contuvo la respiración, esperando el llanto habitual. Francisco siempre lloraba cuando veía a su padre, como si detectara la oscuridad y el dolor que Alejandro cargaba. Pero esta vez, Francisco estaba apoyado en el pecho cálido de María. Se sentía seguro. Miró a su padre, parpadeó un par de veces y, para asombro absoluto de Alejandro, curvó los labios.
Una sonrisa. Una pequeña, desdentada y maravillosa sonrisa. Francisco estiró una mano regordeta hacia la cara de Alejandro.
El tiempo se detuvo. El gran Alejandro Vega, el hombre que movía millones con una llamada, sintió que las rodillas se le doblaban. Cayó de rodillas al suelo de la cocina, quedando a la altura de su hijo.
—Me ha sonreído… —susurró, con la voz rota.
—Claro que le sonríe —dijo María suavemente, su tono cambiando de miedo a ternura—. Es su papá. Él lo sabe. Solo necesitaba sentirse seguro para demostrárselo.
Alejandro extendió un dedo tembloroso y rozó la manita de Francisco. El bebé le agarró el dedo con fuerza. Ese agarre fue el ancla que evitó que Alejandro saliera a la deriva. Fue el primer contacto real, emocional, que tenía con su hijo desde que nació. Las lágrimas, que había contenido durante ocho meses de luto frío y estéril, empezaron a brotar. Primero una, luego otra, hasta que Alejandro Vega, el millonario de hielo, rompió a llorar arrodillado en su cocina, aferrado al dedo de su hijo y bajo la mirada compasiva de su niñera.
María no se movió. No le dijo que parara. Simplemente se quedó allí, siendo el pilar que sostenía a esa familia rota, permitiendo que el padre se reencontrara con su humanidad.
Esa noche, nadie fue despedido. Esa noche, Alejandro no volvió a la oficina. Después de que María acostara a los niños (un ritual que Alejandro observó desde la puerta como si fuera un milagro), él la esperó en el salón.
—Enséñame —le dijo cuando ella bajó, ya sin el fular y con aspecto cansado.
—¿A qué, señor?
