El millonario regresó a casa antes de tiempo para despedirla, pero lo que descubrió en la cocina lo hizo caer de rodillas llorando…

La llamada se cortó antes de que pudiera responder. Alejandro sintió cómo la sangre le hervía en las sienes. María García. Ese era el nombre de la quinta niñera. Llevaba solo tres semanas trabajando para él. Había venido recomendada por una agencia de prestigio, con un currículum impecable pero sospechosamente humilde. “Otra más”, pensó Alejandro, golpeando la mesa de caoba con el puño cerrado. “Otra incompetente que cree que puede aprovecharse de mi dinero y descuidar a mis hijos”.

La furia lo cegó. Canceló la reunión con los alemanes, algo inaudito en su carrera, y bajó al garaje privado. Se subió a su Aston Martin y arrancó haciendo rugir el motor con una violencia que asustó al guardia de seguridad. Mientras conducía bajo la lluvia, su mente tejía los peores escenarios. Se imaginaba a María bebiendo su vino caro, invitando a desconocidos a la villa, o peor aún, dejando a Francisco y Sofía llorando en sus cunas, solos y hambrientos, mientras ella dormía la siesta.

“Se acabó”, se dijo a sí mismo, apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. “Hoy no solo la despido. Hoy me aseguro de que no vuelva a trabajar en esta ciudad. Nadie juega con mi familia, aunque yo no sepa cómo ser parte de ella”.

Llegó a la urbanización antes de lo previsto. Eran las siete de la tarde. Normalmente, él no aparecía por allí hasta pasadas las diez o las once de la noche. Aparcó el coche fuera de la propiedad para no alertar a nadie con el ruido del motor. Caminó bajo la llovizna hasta la puerta principal, con las llaves en la mano como un arma cargada. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de rabia y una culpa profunda que intentaba enterrar bajo la ira.

Abrió la puerta con sumo cuidado, desactivando la alarma en silencio. Esperaba el caos. Esperaba el sonido de la televisión a todo volumen, risas de gente extraña o el llanto desesperado y agónico de dos bebés abandonados a su suerte. Se preparó para gritar, para expulsar todo el veneno que llevaba acumulado durante ocho meses de duelo mal gestionado. Dio un paso hacia el interior del vestíbulo, con los ojos inyectados en sangre, listo para la guerra.

Sin embargo, lo que encontró al cruzar el umbral no fue ruido. Fue un silencio extraño. Pero no un silencio vacío, sino una atmósfera densa, cálida y perturbadora que lo detuvo en seco, obligándolo a aguzar el oído ante lo que estaba a punto de presenciar, algo que cambiaría el curso de su vida para siempre.

Alejandro se quedó inmóvil en el recibidor, con el agua de lluvia goteando de su abrigo de cachemira sobre el mármol impoluto. El silencio no era total. De fondo, proveniente de la cocina, llegaba un sonido. No era televisión, ni teléfono, ni discusiones. Era una voz. Una voz femenina, suave, aterciopelada y profundamente dulce, que entonaba una melodía antigua.

“Arrorró mi niño, arrorró mi sol, arrorró pedazo de mi corazón…”

Alejandro frunció el ceño. La rabia inicial dio paso a una confusión palpitante. Caminó sigilosamente sobre las alfombras persas, guiado por aquella melodía hipnótica. Al llegar al arco que separaba el comedor de la amplia cocina moderna, se pegó a la pared y se asomó con cautela, esperando encontrar la prueba de la negligencia para poder ejecutar su despido.

La escena que se desplegó ante sus ojos lo golpeó con la fuerza física de un puñetazo en el estómago, dejándolo sin aire.

María García no estaba sentada mirando el móvil. No estaba ignorando su trabajo. La joven de veintiocho años estaba de pie, moviéndose con una coreografía fluida y precisa. Llevaba el uniforme azul requerido, pero encima se había colocado un delantal amarillo brillante, un toque de color que desentonaba con la austeridad de la casa. Con una mano, pasaba un paño húmedo por la encimera de granito, limpiando con una eficacia obsesiva. Pero no era eso lo que paralizó a Alejandro.

Lo que lo dejó helado fue ver que, atados a su cuerpo mediante un fular de tela elástica, estaban Francisco y Sofía.

María llevaba a los dos bebés porteados: uno acomodado en su espalda y el otro pegado a su pecho, sujetos con firmeza y seguridad. Los gemelos, que con las anteriores niñeras siempre estaban rojos de tanto llorar o apáticos en sus cunas, aquí estaban completamente rendidos. Dormían. Pero no era el sueño del agotamiento por llanto; era un sueño de paz absoluta. Francisco tenía la mejilla apoyada sobre el corazón de María, subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Sofía, en la espalda, tenía una manita aferrada a la tela del fular, con la boca ligeramente abierta en un gesto de relajación total.

María se movía por la cocina como una bailarina, sus pasos eran ligeros para no despertarlos, y mientras limpiaba, se mecía suavemente de lado a lado, manteniendo ese ritmo constante que los bebés adoran. Y no dejaba de cantar.

“Este niño lindo que nació de noche, quiere que lo lleven a pasear en coche…”

Alejandro sintió que las piernas le fallaban. Se tuvo que apoyar en el marco de la puerta. En ocho meses, jamás, absolutamente jamás, había visto a sus hijos así. Nunca había sentido esa paz emanar de ellos. Siempre que él estaba en casa, el ambiente estaba cargado de tensión, de urgencia, de llantos que le recordaban que él no era suficiente. Pero allí, en brazos de una empleada a la que apenas había dirigido la palabra, sus hijos parecían… felices. Seguros. Amados.

María se giró para alcanzar un bote de especias y fue entonces cuando lo vio. El frasco casi se le cae de la mano, pero sus reflejos fueron rápidos y lo atrapó, silenciando el golpe contra su cuerpo para no asustar a los pequeños. Sus ojos grandes y oscuros se abrieron con pánico. El color huyó de su rostro.

—Señor Vega… —susurró ella, con la voz temblorosa, llevándose instintivamente las manos a los bebés, como una leona protegiendo a sus cachorros ante una amenaza—. No… no lo esperaba tan pronto. Lo siento, lo siento muchísimo.

Alejandro no pudo hablar. Su mente intentaba procesar la imagen. La supuesta “negligencia” de la que le habían avisado era, en realidad, un acto de devoción extrema. Llevar a dos bebés de ocho meses encima mientras se realiza el trabajo doméstico no es pereza; es un esfuerzo titánico.