Alejandro Vega era un hombre construido a base de hormigón, acero y soledad. A sus cuarenta años, su nombre era sinónimo de éxito en los parqués bursátiles de toda Europa. Había levantado “Vega Industries” desde la nada, transformando una pequeña empresa heredada en un imperio de cinco mil millones de euros. Para el mundo, Alejandro era el Rey Midas de Madrid. Para sus empleados, era una máquina inagotable que exigía la perfección absoluta. Pero para sí mismo, cuando las luces de la oficina se apagaban y el silencio lo envolvía en su ático de cristal, Alejandro no era más que un fantasma que habitaba un traje de tres piezas.
Su vida estaba milimétricamente cronometrada. Dieciocho horas de trabajo. Cuatro horas de sueño inquieto. Dos horas repartidas entre traslados y comidas de negocios que apenas saboreaba. No había espacio para el error, y mucho menos para el afecto. Desde hacía ocho meses, su existencia se había vuelto aún más gris, más fría, más mecánica. La muerte de Carmen, su esposa, no solo le había arrebatado al amor de su vida, sino que le había dejado dos responsabilidades para las que se sentía absolutamente incapacitado: Francisco y Sofía, sus hijos gemelos.
Carmen había muerto en la mesa de operaciones durante la cesárea. Ese día, algo dentro de Alejandro se rompió para siempre. Mirar a sus hijos no le producía la alegría que describen los libros, sino un dolor agudo, insoportable, como si le arrancaran la piel a tiras. Cada vez que veía los ojos de Francisco o la nariz de Sofía, veía el rostro de la mujer que había perdido. El dolor era tan devastador que Alejandro eligió la única salida que conocía: la huida. Se refugió en el trabajo, convirtiendo su oficina en una fortaleza y su hogar en un hotel de paso donde solo iba a cambiarse de ropa y a dormir brevemente.
Para los niños, había contratado niñeras. Muchas. Demasiadas. En ocho meses, cuatro mujeres habían desfilado por la mansión de La Moraleja. La primera duró dos semanas; Alejandro la despidió porque los bebés lloraban incesantemente y su llanto le taladraba el cerebro, recordándole su propia incompetencia. La segunda pasaba más tiempo al teléfono con su novio que atendiendo los cólicos de Sofía. La tercera mantenía la casa hecha un desastre, y Alejandro, en su obsesión por el control, no pudo soportarlo. La cuarta fue despedida fulminantemente cuando Francisco desarrolló una dermatitis severa por falta de higiene en el cambio de pañales.
Su hogar se había convertido en una estación de tren: gente que entraba y salía, sin calor, sin apego. Sus hijos eran cuidados, alimentados y cambiados, pero eran tratados como “proyectos”, no como personas. Eran tareas en una lista de pendientes.
Aquella tarde de noviembre, el cielo de Madrid estaba plomizo, amenazando con una tormenta que reflejaba perfectamente el estado de ánimo de Alejandro. Estaba en medio de una negociación para adquirir una tecnológica alemana cuando su teléfono personal vibró. Número oculto. Normalmente no contestaba, pero algo en su instinto le hizo descolgar.
—Señor Vega —dijo una voz distorsionada, probablemente alguien del servicio doméstico de alguna casa vecina o un empleado descontento—, debería usted pasarse por su casa. Su nueva niñera… digamos que no es lo que parece. Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta. Y sus hijos están pagando el precio.
