“Carlos,” dijo Don Ricardo, su voz baja, casi un murmullo. “¿Hay algo más que deba saber? ¿Algún motivo oculto para esta… dedicación?”
Carlos lo miró directamente a los ojos, sin titubear. “Sí, Don Ricardo. Hay algo más.” Se produjo un silencio tenso, solo roto por el suave zumbido del aire acondicionado. Sofía observaba a su padre y a Carlos, con una mezcla de aprensión y curiosidad. “Mi hermana menor… también tuvo un accidente hace unos años. Quedó… muy parecida a Sofía. Sé lo que es ver a alguien que amas perder la alegría. Sé lo que es la desesperación de querer ayudar y no saber cómo. Gastamos todo lo que teníamos en médicos, pero lo que más la ayudó fue la música, las historias, la compañía. Desafortunadamente, no teníamos los recursos de usted. Ella ya no está con nosotros.”
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Una punzada de dolor atravesó el pecho de Don Ricardo. La historia de Carlos lo golpeó con la fuerza de un rayo. Este hombre no buscaba dinero, no buscaba estatus. Buscaba redención, una forma de honrar la memoria de su hermana, de dar lo que no pudo dar entonces. Y lo estaba haciendo con Sofía.
“Cuando vi a Sofía,” continuó Carlos, su voz embargada por la emoción, “vi a mi hermana. Y sentí que tenía que hacer algo. No por obligación, sino por… por el alma.”
Don Ricardo se quedó sin palabras. Todas sus sospechas, todas sus teorías de motivos ocultos, se desmoronaron. No había un contrato, no había un beneficio económico. Solo había una empatía profunda y un dolor compartido. La mansión, el lujo, el dinero… todo parecía trivial frente a la honestidad brutal de Carlos. Don Ricardo se dio cuenta de que, sin saberlo, había contratado a un ángel para su hija.
El silencio en el salón era denso, cargado de la revelación de Carlos. Don Ricardo sintió cómo el mundo que había construido con tanto esmero, un mundo de cifras, propiedades y transacciones, comenzaba a tambalearse. La verdad de Carlos no era una amenaza a su imperio, sino a su propia percepción de sí mismo, a su papel como padre.
Se acercó a Carlos, su rostro surcado por una expresión que el chofer nunca había visto: una mezcla de asombro, arrepentimiento y una incipiente gratitud. “Carlos,” dijo Don Ricardo, su voz ronca, “lo siento. Siento mucho lo de tu hermana. Y siento haber dudado de tus intenciones.”
Carlos asintió con respeto. “No tiene por qué, Don Ricardo. Es natural. Yo solo quería… quería ayudar a Sofía.”
Don Ricardo se volvió hacia su hija. Sofía lo miraba con ojos que, por primera vez en años, no estaban llenos de tristeza, sino de una nueva esperanza, una que Carlos había encendido. “Sofía, ¿por qué no me dijiste nada de esto? De los ejercicios, de las canciones, de las historias…”
