Fue entonces cuando Don Ricardo decidió dar un paso al frente. No podía seguir siendo un espectador silencioso. Su presencia fue notada de inmediato. Carlos se irguió, su expresión de calidez se transformó instantáneamente en la formalidad habitual. Sofía, al verlo, perdió un poco de su brillo, aunque una débil sonrisa permaneció en sus labios.
Artículo Recomendado La Niña del Piano y el Plato de Comida: El Desenlace que Conmovió al Mundo
“Carlos,” la voz de Don Ricardo era grave, con un matiz que no logró disimular la sorpresa. “¿Qué está pasando aquí?”
Carlos bajó la mirada brevemente, como si buscara las palabras adecuadas. “Don Ricardo. Lo siento si he sido inoportuno. Sofía… la encontré un poco decaída y pensé que un poco de música podría animarla.”
Don Ricardo miró a su hija. “Sofía, ¿estás bien?”
Sofía asintió. “Sí, papá. Carlos solo estaba… ayudándome a sentirme mejor.”
“¿Ayudándote? ¿Bailando?” Don Ricardo intentó sonar firme, pero había una nota de confusión, casi de vulnerabilidad, en su voz. Su mundo, tan ordenado, se sentía de repente fuera de control.
Carlos aclaró su garganta. “Don Ricardo, con todo respeto, el movimiento es parte de la rehabilitación. Y la alegría es una medicina poderosa. La doctora Elena me ha estado instruyendo sobre algunos ejercicios que puedo hacer con Sofía para mantener su movilidad y su estado de ánimo.”
Don Ricardo levantó una ceja. La doctora Elena era la fisioterapeuta principal de Sofía, una eminencia en su campo. Pero ¿instruyendo al chofer? Eso era nuevo. “No tenía conocimiento de esto,” dijo, su tono volviéndose más frío. “Mi hija tiene un equipo de especialistas. No es su función, Carlos, inmiscuirse en su terapia.”
Sofía intervino, con un poco más de fuerza en su voz. “Papá, Carlos me ayuda mucho. Los ejercicios de la doctora Elena son importantes, pero Carlos los hace divertidos. Y él… él me escucha. Me cuenta historias. Me canta.”
Artículo Recomendado El CEO Que Puso a Prueba a Su Empleada con $50,000: La Verdad Que Lo Cambió Para Siempre
La mención de las historias y las canciones le recordó a Don Ricardo el canto melódico que acababa de escuchar. Un hilo invisible pareció conectarse en su mente. “Historias… ¿qué historias?”
Carlos, al ver que la situación no se iba a resolver fácilmente, decidió ser honesto, aunque con precaución. “Don Ricardo, mi abuela era bailarina y terapeuta en su pueblo natal. Siempre decía que la música y el movimiento eran la mejor medicina para el cuerpo y el alma. Y sí, he estudiado un poco por mi cuenta. Veo cómo Sofía se siente a veces, y pensé que podría… ofrecerle un poco de alegría. Sin faltar al respeto, por supuesto.”
Las palabras de Carlos resonaron en el salón. Don Ricardo observó a su chofer con una nueva luz. Este hombre no era solo un conductor; era alguien con una profundidad, con una empatía que él, Don Ricardo, había dejado de lado hacía mucho tiempo. Pero aún había algo que no cuadraba. ¿Por qué Carlos se tomaría tantas molestias? ¿Qué ganaba con ello? La mente de empresario de Don Ricardo buscaba siempre el beneficio, el intercambio.
