Se acercó despacio, sus pasos amortiguados por las gruesas alfombras persas. El sonido se hizo más claro. Pudo distinguir la voz de un cantante que entonaba una letra romántica en español. Su pulso se aceleró. Al asomarse por el umbral, lo que vio lo dejó petrificado.
Ahí estaba Carlos. Su chofer. Un hombre de unos treinta y tantos, de piel oscura, siempre impecablemente vestido con su uniforme, con una postura formal y un respeto casi reverencial. Carlos era eficiente, discreto, puntual. Don Ricardo lo había contratado por recomendación y nunca había tenido una sola queja. Pero en ese momento, Carlos no era el chofer. Estaba completamente entregado a la música.
Con una mano, Carlos sostenía suavemente las manos de Sofía. Con la otra, guiaba su silla de ruedas. Sus cuerpos, o lo que podían, se movían al ritmo de la salsa. No era un baile profesional, sino algo mucho más íntimo, más espontáneo. Los ojos de Sofía, que casi siempre reflejaban una tristeza profunda, una resignación silenciosa, ahora brillaban con una alegría pura, genuina. Una felicidad que Don Ricardo no había visto en ella desde antes del accidente.
Carlos le sonreía a Sofía, la miraba con una ternura que desarmaría a cualquiera. Una ternura que Don Ricardo no recordaba haber sentido o expresado en mucho tiempo. El chofer giraba la silla con una gracia sorprendente, como si bailara con ella en sus brazos, mientras tarareaba la canción en voz baja. Sofía reía. Una risa que le subía del alma, una risa que llenó el vasto salón con una calidez que el mármol frío de la mansión no había conocido en años.
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Don Ricardo sintió un nudo en la garganta. Su mente, acostumbrada a los números, a los contratos, a la fría lógica de los negocios, no podía procesar esa escena tan íntima, tan inesperada. Se quedó inmóvil, observando la felicidad de su hija, algo que él, con todo su dinero y todo su poder, no había podido darle. Se sintió pequeño, inútil.
Estaba a punto de entrar, de preguntar, de entender qué significaba todo aquello, cuando Carlos, sin dejar de bailar con Sofía, hizo algo que lo dejó sin aliento. Dejó de tararear la canción y, con una voz melodiosa y sorprendentemente afinada, empezó a cantarla completa, con una pasión que llenó el salón. No era solo la letra; era la historia que contaba con cada nota, la emoción que transmitía. Y mientras cantaba, sus ojos se encontraron con los de Sofía, y en esa mirada, Don Ricardo vio algo más profundo que un simple baile. Vio una conexión, una comprensión tácita, un consuelo que trascendía las palabras.
El canto de Carlos resonó en el salón, envolviendo a Sofía en una burbuja de alegría y a Don Ricardo en un torbellino de emociones contradictorias. La voz del chofer era cálida, profunda, llena de matices que hablaban de una sensibilidad que Don Ricardo nunca le había atribuido. Sofía, con los ojos cerrados a veces, se dejaba llevar por la música y la voz, su rostro transfigurado por una paz que Don Ricardo había creído perdida para siempre.
Don Ricardo se mantuvo oculto tras el umbral de la puerta, incapaz de interrumpir. Sentía una punzada de celos, sí, pero mezclada con una abrumadora sensación de gratitud y, más doloroso aún, de culpa. ¿Cómo era posible que un empleado, un hombre al que apenas conocía más allá de sus funciones laborales, pudiera darle a su hija lo que él, su padre, no había logrado con todos sus recursos ilimitados?
La canción terminó con una nota suave, y el silencio, por un instante, pareció más profundo que antes. Sofía abrió los ojos y miró a Carlos. “Gracias, Carlos,” dijo ella, su voz apenas un susurro, pero llena de una sinceridad palpable. “Eso… eso fue hermoso. Me hacía falta.”
Carlos le sonrió, un brillo genuino en sus ojos. “Siempre es un placer, Sofía. La música tiene ese poder, ¿verdad? Nos conecta con lo que somos, con lo que sentimos.” Se inclinó ligeramente, como un bailarín al final de una pieza, y luego, con delicadeza, soltó las manos de Sofía.
