Don Ricardo Solís era un hombre que lo tenía todo, o al menos eso pensaba el mundo. Su fortuna, amasada a lo largo de décadas en el implacable sector inmobiliario, ascendía a cifras estratosféricas. Era dueño de rascacielos que arañaban el cielo en las capitales más importantes, de cadenas hoteleras de lujo y de un sinfín de propiedades que le generaban ingresos pasivos equivalentes a la economía de un pequeño país. Su mansión, una fortaleza de mármol y cristal en lo alto de una colina, era el epítome de la opulencia. Columnas corintias, jardines inmaculados diseñados por paisajistas europeos y una colección de arte que rivalizaba con museos menores, todo ello hablaba de su estatus inquebrantable.
Pero detrás de esa fachada de éxito y riqueza, Don Ricardo era un hombre solo. Su esposa había fallecido hacía diez años, dejando un vacío que él había intentado llenar con más trabajo, más negocios, más control. Su única hija, Sofía, era su mayor orgullo y, a la vez, su dolor más profundo. Un trágico accidente automovilístico, hace cinco años, la había dejado postrada en una silla de ruedas, con una lesión medular que los médicos consideraban irreversible. La alegría de Sofía, antes tan vibrante y contagiosa, se había desvanecido, reemplazada por una quietud melancólica que le rompía el alma a Don Ricardo, aunque él nunca lo admitiría en voz alta.
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Había gastado fortunas en los mejores especialistas del mundo, en terapias experimentales, en equipos de última generación para adaptar la mansión a las necesidades de Sofía. Tenía un ejército de enfermeras, fisioterapeutas y cuidadores. Pero nada de eso había logrado devolverle a su hija la chispa, la risa genuina que había presenciado esa tarde.
El día había sido particularmente agotador. Negociaciones tensas por la adquisición de un terreno millonario en el centro de la ciudad, una reunión con sus abogados por un intrincado testamento de un socio fallecido, y la revisión de los balances de sus empresas. Todo ello había drenado su energía. Al llegar a su mansión, lo único que anhelaba era el silencio habitual, la paz que su hogar de lujo solía ofrecer. Pero un sonido inusual lo detuvo en el umbral de su sala de estar.
Era música. Suave, cadenciosa, con un ritmo latino que no cuadraba en absoluto con la atmósfera solemne de su hogar. Era salsa. Venía del salón principal, un espacio que rara vez se usaba, salvo para recepciones formales. Don Ricardo frunció el ceño. ¿Algún empleado descuidado? ¿Una falta de respeto? Su mente, acostumbrada al orden y la disciplina, empezó a buscar una explicación racional, una infracción que corregir.
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