—Nada —respondió Valeria—. Tu mamá no entiende límites.
Daniel miró a su madre. Notó algo que antes no había querido ver: miedo. Cansancio. Una tristeza profunda, vieja.
—Mamá, ¿qué está pasando aquí? —preguntó, por primera vez, sin rodeos.
Doña Rosa dudó. Miró a Valeria. Pensó en todo lo que había callado. Y aun así, eligió proteger a su hijo.
—Nada, hijo. De verdad.
Pero esa noche, Daniel no durmió. Las piezas empezaron a encajar: los cambios, los silencios, las ausencias de su madre en la mesa. A la mañana siguiente, revisó el celular viejo de Doña Rosa para cargarlo. Encontró mensajes sin enviar, notas escritas a medias, recordatorios de medicinas. Y una grabación de audio, activada por error semanas atrás.
Escuchó. Y el mundo se le cayó encima.
La voz de Valeria, fría, distante, enumerando reglas. La voz de su madre pidiendo perdón por existir. Daniel apagó el teléfono con las manos temblando.
Esa tarde, llamó a su madre a la sala.
—Mamá —dijo—. ¿Por qué no me dijiste nada?
Doña Rosa se sentó despacio.
