Los años pasaron. Doña Rosa envejeció de golpe. Sus rodillas ya no respondían igual. Una tarde se cayó en la cocina y Valeria, sin mirarla, dijo:
—Tenga más cuidado. No podemos estar con estos problemas.
Daniel llegó tarde y no se enteró. Doña Rosa tampoco se lo contó.
Valeria empezó a limitarle espacios. “No entre a la sala cuando tengamos visitas.” “No use ese baño.” “No toque nada.” Doña Rosa obedecía. La riqueza no gritaba, pero pesaba.
Hasta que ocurrió algo pequeño que lo cambió todo.
Una noche, Daniel llegó antes de lo habitual. Abrió la puerta con cuidado para no hacer ruido y escuchó un murmullo. Era la voz de Valeria, cortante, precisa:
—Ya te dije que no te metas en nuestras cosas. Aquí no eres la dueña de nada. Y si sigues así, me iré. ¿Entendiste?
Daniel se quedó inmóvil. El silencio que siguió fue más fuerte que un grito. Luego escuchó la voz de su madre, baja, temblorosa:
—Perdón… yo no quería molestar.
Daniel entró a la cocina. Doña Rosa estaba de pie, pálida, con las manos apretadas. Valeria se giró, sorprendida.
—¿Qué pasa? —preguntó Daniel.
