Hablaban en voz baja, se agachaban, sonreían con dulzura.
Oliver no reaccionaba.
Intentaron juegos. Canciones. Distracciones.
Nada.
«Está de duelo», dijo uno de ellos con suavidad. «Forzar la comida puede empeorar la situación».
«Pero no ha comido», espetó Charles. «Se va a debilitar».
«Podemos vigilarlo», respondieron. «Emocionalmente, la presión podría cerrarlo por completo».
Charles asintió, pero por dentro su mundo se estaba derrumbando.
Había construido un imperio desde cero. Había resuelto problemas que otros creían imposibles.
Y aun así… no podía hacer que su propio hijo comiera.

Día Cinco: El silencio se volvió peligroso
La mañana del quinto día, la casa se sentía más pesada que nunca.
El personal se movía con cuidado, evitando miradas. El chef renunció en silencio esa misma tarde.
Charles no había dormido.
Estaba solo en el estudio cuando un golpe suave interrumpió sus pensamientos.
«¿Señor?», dijo una voz tímida.
Era Elena.
La criada.
Era nueva. Callada. Vestía con sencillez comparada con el resto del personal. Limpiaba suelos, cargaba ropa, permanecía invisible.
«¿Qué ocurre?», preguntó Charles, agotado.
Ella dudó. «¿Puedo… puedo intentar algo con el niño?»
Charles la miró fijamente.
«¿Tú?», dijo, con incredulidad. «Los médicos no han podido ayudarlo».
Elena bajó la mirada. «Lo sé, señor. Pero… he estado observándolo».
Observándolo.
Esa palabra lo detuvo.
Todos los demás habían estado analizando, diagnosticando, midiendo.
Ella había estado observando.
Charles quiso decir que no. No era momento para esperanzas tontas.
Pero algo en su calma —algo firme— lo hizo asentir.
«Cinco minutos», dijo con frialdad. «Nada más».
La criada que no trajo comida
Elena no llevó una bandeja.
No llevó cuchara.
Ni siquiera llevó comida.
Se sentó en el suelo cerca de Oliver, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
El niño no la miró.
Ella no habló de inmediato.
Simplemente sacó de su bolsillo un pequeño trozo de pan —barato, simple y seco— y lo partió en dos.
Colocó una mitad cerca de él.
