El hijo del millonario se negó a comer durante 5 días, hasta que una criada pobre hizo algo que ningún médico había pensado.-diuy-nana

Nadie en la casa se atrevía a hablar por encima de un susurro.

Las arañas seguían brillando. Los suelos de mármol seguían reluciendo. La mansión parecía tan perfecta como siempre, pero por dentro algo estaba profundamente mal.

Cinco días.

Ese era el tiempo que el pequeño Oliver Whitmore llevaba negándose a comer.

Ni un bocado. Ni un sorbo. Ni siquiera los alimentos que antes amaba más que nada.

Y su padre, un hombre que valía cientos de millones, era completamente impotente.

Día Uno: «Comerá cuando tenga hambre»

Al principio, nadie entró en pánico.

Los niños a veces eran quisquillosos. Los médicos decían que era normal después de un golpe emocional. La madre de Oliver había fallecido repentinamente dos semanas antes, y el niño no había hablado desde el funeral.

«Comerá cuando tenga hambre», se dijo Charles Whitmore.

Charles Whitmore —el magnate tecnológico, el negociador implacable, el hombre que nunca perdía el control— se sentaba a la cabecera de la mesa, observando cómo retiraban platos intactos una y otra vez.

Oliver permanecía en silencio en su silla alta, mirando a la nada.

Panqueques de chocolate. Apartados.
Sopa caliente. Rechazada.
Fruta fresca. Ignorada.

El chef lo intentó todo.

Al final de la noche, Charles sintió algo desconocido apretándole el pecho.

Miedo.

Día Tres: Cuando el dinero deja de funcionar

Al tercer día, el pánico llenó la mansión como humo.

Llegaron médicos. Luego especialistas. Luego terapeutas.