DESENLACE: LO QUE NADIE MÁS VIO
Una tarde, mientras limpiaba la cuna, Rosa escuchó un sonido apagado en la habitación contigua.
La puerta estaba entreabierta.
Vio a Valentina de espaldas, sosteniendo a Gabriel… pero no en brazos.
La modelo lo acostaba en la cama y lo filmaba con una luz fuerte, acomodando las sábanas, el ángulo, su carita.
“Debe parecer frágil,” murmuró. “Cuanta más pena, más apoyo para el proyecto.”
Rosa quedó helada.
Entonces lo entendió:
Valentina no cuidaba del niño.
Usaba a Gabriel para promocionar su nueva “fundación de apoyo a madres necesitadas”.
Publicaba fotos de él, delgado y llorando, diciendo que estaba “salvando una vida marcada por la tragedia.”
Y mientras peor se viera Gabriel…
más seguidores ganaba.
Más donaciones.
Más fama.
A Rosa le ardió la sangre.
Esa noche, esperó a Ricardo.
“Señor Ricardo… Gabriel no está bien. Está adelgazando. Vi a la señora Valentina grabándolo. No lo está alimentando. Se lo juro.”
Ricardo palideció.
Por primera vez desde la muerte de Ana Paula, levantó la vista.
“Muéstreme.”
En la habitación, encontró a Gabriel dormido, débil, respirando con dificultad.
Y en la basura, dos biberones más completamente llenos.
Ricardo tembló.
La máscara de Valentina cayó mientras intentaba explicarse.
Pero él no quiso escuchar.
Llamó a seguridad.
Ordenó que la sacaran de la casa de inmediato.
En el pasillo, ella gritó:
“¡Eres un idiota! ¡Contigo tu imagen estaba renaciendo! ¡Iba a convertir a ese bebé en tu símbolo de reencuentro!”
Ricardo solo respondió:
“Es mi hijo. No tu escalera.”
EPÍLOGO
Ricardo pasó toda la noche al lado de la cuna, sosteniendo la diminuta mano de Gabriel, llorando en silencio.
Al día siguiente lo llevó al pediatra—Gabriel estaba deshidratado, débil, casi en riesgo.
Y al volver a casa, Ricardo hizo algo que Rosa jamás imaginó.
“Rosa… necesito ayuda. Y Gabriel también. Lo cuidas desde el principio. Viste todo lo que yo no vi.
Por favor… quédate con nosotros.”
Rosa cargó al bebé, que dormía tranquilo, y sonrió con emoción.
“Yo nunca los dejé, señor.”
Esa noche, mientras lo arrullaba, Rosa entendió:
No había salvado solo a un bebé.
Había salvado a un padre.
Y por primera vez en mucho tiempo, aquella enorme mansión tenía algo que el dinero no podía comprar:
Una familia de verdad.
