El Bebé del Millonario Adelgazaba Cada Día, Pero la Empleada Vio lo que Nadie Más Notó

La casa quedó en silencio.

Ricardo trabajaba sin parar, intentando escapar del dolor.
Gabriel lloraba de madrugada, buscando una voz que nunca volvería a oír.
Y Rosa, entre trapos y baldes, era quien lo cargaba, lo arrullaba y susurraba:

“Aquí estoy, mi niño. No estás solo.”

Pero el luto de los ricos, pensaba Rosa, siempre parecía tener fecha de vencimiento.

Seis semanas después del entierro, Ricardo llegó de la mano de otra mujer.

Valentina Rocha. Modelo. Veintiocho años. Cabello negro impecable, labios perfectamente delineados, un vestido Chanel que valía más de lo que Rosa ganaba en un año.

“Rosa, esta es Valentina”, dijo Ricardo, evitando su mirada. “Se quedará con nosotros un tiempo.”

Valentina sonrió con cortesía ensayada y dijo:

“Un placer, Rosa. Ricardo me dijo que ya eres parte de la familia.”

Pero había algo en la forma en que dijo “familia” que erizó la piel de Rosa. Aun así, quiso creer que Ricardo solo necesitaba compañía—alguien que lo ayudara a salir de la oscuridad que lo consumía desde la muerte de Ana Paula.

Quiso creer… hasta que comenzó a notar cosas que nadie más veía.


MEDIO: EL BEBÉ MÁS DELGADO CADA DÍA

 

Todo empezó con detalles pequeños.

En la primera semana, Rosa notó que los biberones siempre estaban demasiado llenos para un bebé tan pequeño.
En la segunda, escuchó a Gabriel llorar diferente—un llanto débil, cansado, como si cada lágrima fuera un esfuerzo enorme.

En la tercera, casi no reaccionaba cuando ella lo cargaba. Su carita, antes redonda y rosada, se veía más delgada. Sus muñecas gorditas parecían ahora pequeños huesos puntiagudos.

Y Ricardo, atrapado en reuniones y viajes, no veía nada de eso.

Supuestamente, Valentina cuidaba de Gabriel.

Pero Rosa veía cómo el bebé adelgazaba cada día.

También veía la frialdad en los ojos de Valentina—no cariño, sino molestia.

Entonces apareció el detalle que lo cambió todo:
Rosa encontró biberones en la basura… llenos.

Casi intactos.

Y Gabriel, hambriento.

Intentó advertir a Ricardo, pero él, agotado y distraído, respondía:

“Rosa, por favor… Valentina lo cuida. Todo está bajo control.”

Pero Rosa sabía que no era así.