El Bebé del Millonario Adelgazaba Cada Día, Pero la Empleada Vio lo que Nadie Más Notó

El Bebé del Millonario Adelgazaba Cada Día

La primera vez que Rosa vio la mansión Almeida desde la acera, en Jardim Europa, quince años atrás, pensó que nunca se acostumbraría a tanta riqueza.

Tres pisos de mármol italiano, ventanales enormes que parecían tocar el cielo y un jardín tan perfecto que daba miedo pisarlo.

Con el tiempo, sin embargo, esos suelos fríos se volvieron rutina. También el aroma de café importado por la mañana y el sonido de los tacones de mujeres elegantes que visitaban al señor Ricardo Almeida, dueño de una cadena de hoteles de lujo en todo el país.

Pero hubo dos días que cambiaron para siempre la vida de Rosa en aquella casa:

El día en que Ana Paula cruzó la puerta con un vestido sencillo y una sonrisa tímida…
Y el día en que ese mismo cuerpo salió dentro de un ataúd blanco.

Ana Paula no era como las otras mujeres que circulaban por la mansión.
No usaba marcas llamativas, no hablaba con arrogancia y nunca trataba mal a nadie. Era maestra de escuela pública, de origen humilde, y saludaba a Rosa por su nombre cada mañana.

Cuando se casó con Ricardo, Rosa vio algo raro en él: paz.
Y cuando Ana Paula anunció su embarazo, la casa se llenó de una alegría que ni todos los millones de Ricardo habían podido comprar.

Gabriel nació dos meses después, con los mismos ojos azules y grandes de su madre. Durante semanas, la vida fue casi perfecta… hasta que Ana Paula murió por una hemorragia posparto.

En el velorio, la lluvia golpeaba los vidrios de la mansión como si el cielo también estuviera de luto. Rosa nunca olvidaría a Ricardo, empapado, cargando al bebé de ocho semanas mientras miraba el ataúd blanco con la expresión rota de un hombre que lo había perdido todo.