La mañana estaba impregnada con la mezcla de la fragancia a canela y la lluvia, una combinación que despertaba recuerdos de tardes serenas en el tranquilo vecindario de San Diego. Dentro de la iglesia, los rayos del sol se filtraban a través de las vidrieras, proyectando destellos de colores sobre los bancos de madera, mientras el altar, adornado con flores blancas, irradiaba elegancia. Los invitados comenzaban a llegar; algunos conversaban entre sí, otros revisaban sus teléfonos, y todo parecía transcurrir con normalidad, como en cualquier boda de verano. Pero, de repente, la llegada de un hombre desconocido rompió la calma de la ceremonia, transformándola en un mar de incertidumbre.
De pie, cerca del pasillo, había un hombre desaliñado con un traje anticuado que parecía una reliquia de otro tiempo. Sus zapatos, aunque gastados, estaban pulidos, y sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía una tarjeta doblada como si fuera lo más valioso que poseía. Su presencia, a pesar de la sencillez de su atuendo, era inconfundible; no encajaba en el mundo brillante de una boda elegante.
El murmullo comenzó de inmediato.

“¿Lo viste?”, susurró una mujer a su amiga. “Ese hombre… ¿es un vagabundo?”
Las miradas se dirigieron hacia él, y las conversaciones comenzaron a cesar. Los murmullos se multiplicaron.
“Seguro que la novia no lo invitó…”, dijo alguien.
“Debe estar perdido. ¿Deberíamos llamar a seguridad?”, murmuró otro.
