Después del divorcio, la familia de su esposo le quitó todas sus pertenencias.DIUY

Rosa tenía solo 25 años cuando se casó con Miguel, el hijo mayor de una de las familias más adineradas de Quezon City. Ella, hija de un campesino de Bulacan, fue mirada con desprecio desde el principio. La boda fue un evento de todo el barangay; la gente murmuraba que “la campesina había atrapado un pez gordo”.

Lo que nadie sabía era que, detrás de los muros de aquella lujosa mansión, Rosa viviría los días más amargos de su vida.

De princesa a sirvienta en su propio hogar

Al principio, Rosa creyó que su historia sería como las telenovelas: una campesina humilde que conquista al príncipe. Pero la realidad fue cruel. La suegra nunca la aceptó y la trataba como a una intrusa. Miguel, al poco tiempo, se transformó en un hombre distante, frío y controlador.

“Eres una advenediza. Recuerda que sin nosotros no eres nada”, le repetía la suegra mientras Rosa bajaba la mirada.

Con el nacimiento de sus tres hijos, Rosa pensó que todo cambiaría. Pero la maternidad, en vez de unir a la familia, se convirtió en la excusa perfecta para humillarla aún más.

El divorcio y la caída