El parto estaba previsto para mediados de diciembre, pero el destino decidió otra cosa. Una mañana rompió aguas y los acontecimientos se precipitaron. El quirófano, el silencio tenso, la espera. Luego el primer llanto. El segundo. Y el tercero.
Cuando Antonia vio por primera vez a sus hijos, sintió una mezcla de alegría y angustia. Eran pequeños, frágiles, y parecían tan vulnerables. Junto a otros recién nacidos se veían diminutos, y Antonia se hacía preguntas dolorosas. ¿Había hecho lo suficiente por ellos? ¿No podría haberlos protegido mejor?
La respuesta llegó pronto. Los médicos se mostraron gratamente sorprendidos por su estado. Para ser trillizos, tenían un peso al nacer excepcionalmente bueno, respiraban por sí mismos y no aparecieron complicaciones graves. Aunque parecían frágiles, desde los primeros momentos mostraban una fuerza inesperada.
La verdadera prueba, sin embargo, comenzó en casa.
La vida con trillizos no es una imagen idílica. Es un ciclo ininterrumpido de tomas, cambios de pañales, noches sin dormir y un cansancio que a veces llega hasta el límite de las fuerzas. Antonia comprendió pronto que sin un orden firme no lo lograría. Estableció una rutina estricta y se mantuvo fiel a ella sin excepciones.
No oculta que también hubo momentos de debilidad. Días en los que lloró de agotamiento. Pero también instantes en los que tres pequeñas caritas la miraban con total confianza y todo cobraba sentido. Su esposo siguió siendo un apoyo sólido y los abuelos ayudaban siempre que era necesario.
