Escribió que las cosas no habían salido bien. Que el hombre se había ido. Que la vida "en fuga" era más difícil de lo que imaginaba. Que lo sentía, no por la mentira, sino por cómo terminó.
Me preguntó si la perdonaría.
Doblé la carta con cuidado y la volví a meter en el sobre.
Comprendí que el perdón no es algo que se le debe a alguien que nunca te vio de verdad. Es algo que te das a ti mismo cuando dejas de esperar respuestas.

Quemé la carta en el fregadero de la cocina y vi cómo las cenizas se disolvían.
Esa noche, de pie en la puerta de la casa, respirando el aire fresco de Puebla, comprendí algo profundamente profundo:
Durante cinco años, había creído que amar significaba cargar con el peso de otra persona sin importar el costo. Ahora lo sabía mejor.
El amor, el amor verdadero, no te pide que desaparezcas.
Y por primera vez en mucho tiempo, di un paso al frente no como un cuidador, ni como una víctima, ni como un hombre definido por la traición;
sino simplemente como Iñaki Salgado.
Un hombre que sobrevivió a la devoción.
Un hombre que aprendió la diferencia entre el sacrificio y la autodestrucción.
Un hombre que finalmente avanzaba, sin cargas, hacia una vida que era verdaderamente suya.
