Dolía. Mucho.
Pero también sentí algo inesperado: ligereza.
Esa noche abrí todas las ventanas. Dejé que el aire poblano se llevara el olor a medicina, a mentira, a pasado.
Barrí. Limpié. Respiré.
Al día siguiente volvería al colegio.
Seguiría siendo Iñaki Salgado: un hombre cansado, sí… pero libre.
La puerta de mi antigua vida se cerró de golpe.
Tras ella, sin embargo, comenzaba un nuevo camino: uno en el que ya no cargaría con el peso de una mentira disfrazada de amor.
Las semanas siguientes transcurrieron como una extraña convalecencia.
Regresé al aula con el mismo maletín desgastado y la misma chaqueta raída, pero ya no era el mismo hombre que se había ido cinco años antes. Los niños lo notaron antes que los adultos.
Siempre lo notan. Me miraban con curiosidad, como si sintieran que algo pesado se había instalado en mi interior.
Al principio, dar clases de nuevo me resultó incómodo, como usar una extremidad que llevaba demasiado tiempo dormida. Mi voz se quebró durante la primera lección.
El polvo de tiza me hizo toser. Pero entonces una pequeña mano se levantó, preguntando cómo funcionaban las fracciones, y el mundo volvió a la normalidad.
La vida, terca como siempre, seguía adelante.
Por la noche, el silencio en la casa era diferente. No había máquinas zumbando. No había respiración pausada que escuchar. No había miedo a olvidar una pastilla, un espasmo, un llanto. Solo silencio: crudo, honesto, a veces cruel, a veces misericordioso.
Al principio dormí mal. La mente, cuando finalmente se libera, no descansa de inmediato. Repite todo lo que llevaba.
Recordé momentos que alguna vez me parecieron tiernos: cómo Ximena apartaba la mirada cuando le lavaba las piernas, cómo insistía en que cerrara la puerta del dormitorio con llave, cómo a veces se estremecía cuando entraba inesperadamente.
Señales que había archivado bajo «dignidad», «vergüenza», «trauma».
El amor puede ser un cómplice muy paciente de la negación.
Los vecinos hicieron preguntas. Les dije que se había ido. Eso fue todo. No le debía a nadie los detalles de mi humillación. Algunos negaron con la cabeza. Algunos murmuraron sobre la ingratitud. Otros no dijeron nada, lo cual agradecí mucho.
Una tarde, mientras reorganizaba la casa, encontré la caja.
Estaba escondida detrás de viejos libros de texto, envuelta en una toalla. Dentro había documentos: informes médicos, resultados de pruebas, papeles de alta. Todo falsificado. Fechas alteradas. Firmas falsificadas.
Me senté en el suelo y me reí.
No porque fuera gracioso, sino porque era absurdo. El enorme esfuerzo que debió de suponer mantener la mentira. La disciplina. La debilidad ensayada. La moderación de no moverme cuando nadie me veía.
Entonces me di cuenta de algo que me sorprendió: ella se había esforzado más engañándome que yo amándola.
Esa constatación cerró algo limpiamente, como una puerta que ya no necesitaba vigilancia.
Pasaron los meses.
Empecé a reparar la casa, no como una clínica, sino como un hogar. Pinté las paredes. Planté buganvillas nuevas donde las viejas se habían secado. Arreglé la ventana rota que había enmarcado el momento en que mi vida se partió en dos.
Empecé a comer mejor. A dormir mejor. A reír, al principio con cuidado, como si la risa fuera un lenguaje que quizá hubiera olvidado.
Una noche, después de las reuniones de padres y maestros, un compañero me invitó a un café. Luego a otro. Luego a otra vez. La conversación volvió a mi vida sin esfuerzo, como un músculo que recuerda su propósito.
No me apresuré.
Aprendí que la libertad es frágil justo después del cautiverio, incluso cuando la prisión se construyó con devoción.
Un año después, llegó una carta.
Sin remitente. La letra era inconfundible.
