Iba camino al trabajo cuando recordé que había olvidado mi cartera: documentos, dinero, todo. Volví a casa pensando que entraría y saldría en segundos.

Abrí la puerta.
La luz del sol poniente entraba por la ventana rota y revelaba la verdad como una herida abierta.
Ximena no estaba en la cama.
Yo estaba de pie.
Compañía. Para ti.
Y no estaba sola.
A su lado había un hombre desconocido, doblando ropa apresuradamente y metiéndola en una maleta grande sobre la cama. Se reían suavemente.
Una risa que no había oído en cinco años. Una risa que me hirió profundamente.
"Date prisa", dijo con voz clara y fuerte. "Antes de que vuelva. Coge todo el dinero que guarda en el armario. Nos vamos al sur y empezamos de cero".
Dejé caer las llaves al suelo.
El sonido metálico los alertó.
Ximena palideció. En sus manos temblaba un fajo de billetes: el dinero de mis noches de insomnio, mi trabajo, las medicinas que nunca necesitó.

No grité.
No golpeé nada.
Solo sentí que algo dentro de mí se cerraba.
"¿Desde cuándo?", pregunté en un susurro.
Dos años.
Dos años caminando. Dos años fingiendo.
El hombre era un antiguo amante. Habían reconectado. Ella fingió estar paralizada para conseguir una cuidadora gratuita, una casa, dinero... mientras él se "estabilizaba".
—Iñaki... déjame explicarte... —dijo, acercándose.
Di un paso atrás.
Cinco años de mi vida habían sido una obra de teatro.
Y yo, la espectadora más ingenua.
Fui al armario, cogí mi cartera y la guardé en el bolsillo.
—Vete —dije con calma—. Quédate con el dinero. Considéralo el pago por una actuación impecable.
Huyeron como ladrones pillados en flagrancia.
La casa quedó en silencio.
Me senté en la silla de madera.
