Cuidé a mi esposa paralítica durante cinco años. El día que olvidé mi billetera y regresé a casa, al abrir la puerta… me quedé sin aliento.-NANA

Cuidé de mi esposa paralítica durante cinco años. Una tarde, olvidé mi billetera y volví a casa. Al abrir la puerta… me quedé paralizado.

Lo que vi me impactó con una fuerza brutal, como si el aire se hubiera desvanecido de repente. Todo lo que había protegido, sostenido y venerado durante tanto tiempo se desmoronó en un instante.

Me llamo Iñaki Salgado, un hombre de unos treinta y pocos años, delgado hasta parecer frágil, con profundas ojeras y una mirada cansada que aprendió a soportar en silencio.

Mi vida solía ser sencilla con mi esposa, Ximena Arriola, en una pequeña casa de adobe en las afueras de Puebla, donde el aire olía a bugambilias y pan recién horneado al amanecer.

Éramos maestras de primaria. No teníamos lujos, pero sí algo más valioso: respeto, tranquilidad y una forma honesta de amarnos.

Todo cambió un diciembre, poco antes de Navidad.

Ximena fue al mercado a comprar ingredientes para tamales. Un camión con los frenos rotos la atropelló en una esquina mojada por la llovizna. Cuando recibí la llamada del hospital, estaba dando clases. Recuerdo haber tirado la tiza al suelo antes de salir corriendo.

Cuando la vi en la camilla, no la reconocí.
La mujer que siempre caminaba a paso ligero, que reía con los niños y que cantaba mientras cocinaba… yacía inmóvil, con los ojos llenos de miedo.
Lesión medular grave. Parálisis de medio cuerpo.

Desde ese día, mi mundo se redujo a una sola habitación.

Me tomé una licencia indefinida de la escuela. Cada cucharada de sopa, cada cambio de sábanas, cada torpe masaje en sus piernas entumecidas…

Lo hacía todo.
Nuestra casa se convirtió en una clínica improvisada: medicamentos, vendajes, equipo de rehabilitación y ese olor constante a alcohol y desesperanza.

Algunos familiares me sugirieron que la llevara a un centro especializado. Siempre les daba la misma respuesta:

—Es mi esposa. Yo la cuido.

Para sobrevivir, trabajaba como electricista por contrato. Llegaba a casa exhausto, pero cada noche me sentaba a su lado y le leía pasajes de libros viejos. A veces le hablaba de mis alumnos, de los jacarandás en flor, de cualquier cosa que le recordara que la vida continuaba.

Ximena apenas hablaba.
Asentía. Lloraba en silencio. Creía que era dolor… y amor reprimido. Nunca lo dudé.

Pasaron los años. Las visitas disminuyeron. Algunos me dijeron, sin rodeos, que me soltara, que pensara en mí. No los juzgué. Cuidar de alguien así es un camino largo y solitario.

Hasta esa tarde.