El hospital adoptó un tono diferente, uno que nunca había visto. Una urgencia silenciosa. Teléfonos sonando tras las paredes. Seguridad en la puerta. Un policía llegó en cuestión de minutos, y luego otro.

Margaret fue escoltada hasta el pasillo, gritando oraciones y acusaciones.
Claire me siguió, llorando porque todo había sido un malentendido. Daniel se quedó paralizado, con las manos temblorosas, repitiendo mi nombre como si ya no me reconociera.
Lo observé todo desde la cama, entumecida, con el corazón latiendo tan fuerte que me dolía.
Se llevaron la botella.
Se llevaron el carro.
Me tomaron declaración.
Los resultados de toxicología llegaron más rápido de lo esperado. La sustancia presente en la leche no era letal en dosis para adultos, pero para un recién nacido, sobre todo uno de apenas unas horas, era catastrófica.
Un medicamento recetado que Margaret llevaba años tomando. Triturado. Mezclado con cuidado.
No fue un accidente.
Margaret afirmó que estaba "protegiendo a la familia". Dijo que mi linaje era "débil" y que mi depresión pasada significaba que "arruinaría a otro hijo". Dijo que Dios lo entendería.
La policía no lo hizo.
