
…Pero la historia no terminó ahí.
Las semanas siguientes fueron las más largas que Mateo recordaba. La panadería seguía oliendo a pan caliente, el mar seguía rompiendo contra las rocas, pero la casa ya no tenía risas pequeñas ni dibujos en el suelo. Todo estaba en su sitio… excepto su corazón.
Cada domingo esperaba una llamada. A veces llegaba. A veces no.
La voz de Leo sonaba distinta ahora: más curiosa, más llena de cosas nuevas.
—Mamá dice que pronto iré a una escuela grande, papá —le contaba—. Y que hay un parque enorme.
Mateo sonreía, aunque al colgar se quedaba mirando el teléfono durante minutos, como si aún pudiera escuchar su respiración.
Un día, la mujer volvió al pueblo. Esta vez llegó sola. No traía elegancia ni prisa. Traía cansancio.
—¿Puedo pasar? —preguntó.
Mateo asintió.
