Esperanza se giró y al verlo, palideció. El miedo en sus ojos fue la daga final para Ricardo. Ella pensó que él estaba allí para arrestarla por el robo.
—Señor Valmont… yo… se lo juro que iba a reponer los productos… —balbuceó ella, abrazando más fuerte a su hijo.
—Cállese, Esperanza —dijo él, pero con suavidad—. Doctor, soy Ricardo Valmont. Quiero al mejor especialista pediátrico aquí en cinco minutos. Yo cubro todos los gastos. Trasladen a este niño a una suite privada y pónganle oxígeno ya. Si algo le pasa a este niño, compro este hospital solo para despedirlos a todos.
El cambio fue instantáneo. La maquinaria médica se movió velozmente. Diego fue llevado en camilla. Esperanza se quedó de pie, temblando, mirando a su jefe con incredulidad.
—¿Por qué? —preguntó ella cuando se quedaron solos en la sala de espera—. Usted sabe lo que hice.
—Sé por qué lo hiciste —respondió Ricardo, sentándose a su lado, sin importarle ensuciar su traje de diseñador en las sillas de plástico—. Te seguí. Vi dónde vives. Vi cómo usabas mis productos para intentar salvarlo. Esperanza… ¿por qué vives ahí? Eres mi mejor empleada. ¿Cómo llegaste a esa situación?
Esperanza bajó la mirada, sus manos entrelazadas con fuerza.
—Mi esposo… él ganaba bien. Éramos una familia normal. Teníamos una casa alquilada, un coche viejo. Pero él murió hace un año en un accidente laboral.
—¿Un accidente? —Ricardo frunció el ceño.
—Era soldador de altura. Cayó desde un piso veinte. La empresa constructora había recortado gastos en seguridad. Los arneses estaban viejos. La plataforma cedió.
Ricardo sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué empresa era?
Esperanza levantó la vista, y en sus ojos no había odio, solo una tristeza infinita.
—Constructora Valmont. Su empresa, señor.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Ricardo sintió como si le hubieran golpeado con un mazo en el pecho. Recordó vagamente el incidente. Un reporte hace un año, “fallo humano”, “negligencia del trabajador”. Así lo habían catalogado sus abogados para evitar pagar indemnizaciones millonarias. Él simplemente había firmado los papeles y seguido con su vida.
—Me dijeron que fue culpa de él —continuó Esperanza con voz suave—. Que no se aseguró bien. Nos negaron la pensión. Sin su sueldo, no pude pagar el alquiler. Perdimos todo. Terminé limpiando las oficinas de la misma empresa que mató a mi esposo porque era el único lugar que pagaba el turno de noche, y necesitaba el día para cuidar a Diego.
