a convulsionar. El sonido de su pequeña garganta luchando por aire rasgó el silencio de la noche.
—¡El vapor! ¡Traigan la olla! —gritó Esperanza, corriendo hacia el niño.
Ricardo vio cómo los niños mayores corrían a buscar una olla con agua caliente que habían calentado en una estufa de gas portátil. Intentaban crear un vaporizador casero. Era una escena de amor puro y desesperación absoluta. Estaban luchando contra una neumonía con remedios caseros y amor, en una casa que era una tumba de humedad.
—No funciona, mamá, no respira —lloró Matías.
Esperanza tomó al niño en brazos, su rostro desencajado por el terror.
—Al hospital. Vámonos ya. No me importa si no tenemos dinero, no me importa si nos denuncian por vivir aquí. ¡Vamos!
Salieron corriendo bajo la lluvia. Ricardo, oculto en las sombras, vio pasar a esa madre leona cargando a su cachorro moribundo. La ira que había sentido en la oficina se había evaporado, reemplazada por una vergüenza corrosiva. Él preocupado por unos litros de desinfectante, mientras ella luchaba por la vida.
Corrió hacia su auto, los alcanzó en la avenida principal y los siguió hasta el Hospital Público San Miguel. Entró poco después que ellos. La sala de urgencias era un caos de gente y burocracia. Desde la entrada, vio a Esperanza suplicando en el mostrador.
—¡Señora, necesito su seguro y una dirección válida! —decía la enfermera con tono mecánico, sin mirar al niño que apenas respiraba.
—¡No tengo dirección! ¡Vivimos donde podemos! ¡Por favor, se muere! —gritaba Esperanza.
—Sin papeles no podemos procesar el ingreso a cuidados intensivos, es el protocolo —respondió la enfermera, cerrando la ventanilla.
Ricardo sintió una furia nueva, no contra Esperanza, sino contra el mundo, contra su propio mundo de privilegios que lo había cegado. Avanzó apartando a la gente con la autoridad que solo da el poder.
—¡Atiéndanlo ahora mismo! —su voz retumbó en la sala.
