Creyó que su empleada le robaba y la siguió hasta una casa en ruinas. Lo que descubrió al mirar por la ventana le destrozó el alma 😭💔

Vio a Esperanza detenerse frente a una estructura que difícilmente podía llamarse casa. Era un edificio abandonado, una obra gris a medio terminar, con ventanas tapadas con cartones y plásticos. El corazón de Ricardo se endureció. “¿Vende los productos aquí? ¿Tiene un mercado negro?”, pensó con cinismo. Se acercó sigilosamente a una de las ventanas cubiertas con plástico, buscando un hueco por donde mirar. Lo que esperaba ver era un almacén clandestino.

Pero lo que sus ojos captaron a través de esa rendija lo dejó paralizado, con el frío de la lluvia calándole hasta los huesos, pero no tanto como el frío que de repente sintió en el alma.

Dentro, iluminados apenas por unas velas, tres niños pequeños esperaban. El lugar no era un almacén; era un hogar improvisado en la más absoluta miseria. Pero lo que detuvo el corazón de Ricardo fue ver lo que Esperanza hacía con lo robado. No estaba empaquetando los productos para venderlos. Estaba limpiando. Con una obsesión frenética, Esperanza frotaba las paredes húmedas y el suelo de cemento con los desinfectantes industriales de la empresa.

—Mamá, llegaste —dijo el niño mayor, Matías, de unos doce años, que sostenía en brazos a un bebé que respiraba con un silbido aterrador—. Diego está peor. Se puso azul dos veces.

Ricardo pegó el oído al plástico.

—Ya estoy aquí, mi amor —la voz de Esperanza se quebró, pero sus manos no dejaron de limpiar—. Traje los desinfectantes fuertes del trabajo. Vamos a matar todo el moho. Vamos a dejar esto como un quirófano para que Diego pueda respirar.

Ricardo sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. El “robo” no era codicia. Era una madre desesperada intentando esterilizar una ruina para que su hijo enfermo no muriera por una infección pulmonar.

—Mamá —preguntó una niña pequeña, Sofía, tosiendo un poco—, ¿Papá nos está viendo desde el cielo? ¿Él sabe que tenemos frío?

Esperanza se detuvo un segundo, secándose una lágrima con el dorso de la mano antes de seguir frotando el suelo.

—Papá está orgulloso de ustedes, porque son valientes. Y nos está cuidando. Él nunca nos dejaría solos si pudiera elegir.

En ese momento, el bebé, Diego, comenzó