Después de dos o tres semanas, ocurre la magia: las delicadas raíces se sumergen en el agua y emergen pequeños brotes verdes. Esta es, sin duda, la etapa más gratificante, aquella en la que te encuentras contemplando tu vaso como si estuvieras contemplando un fuego crepitante. Si alguna parte del rizoma se ablanda, retírala con cuidado para evitar que afecte al resto.
¿Y después qué: proyectos decorativos o culturales más ambiciosos?
Puedes mantener el jengibre en agua por su atractivo visual y el exuberante ambiente verde que crea. Pero si quieres cosecharlo en casa algún día, lo mejor es trasplantarlo a una maceta una vez que las raíces estén bien desarrolladas. Una tierra ligera y una maceta lo suficientemente grande le permitirán prosperar, ya que al jengibre le gusta extenderse horizontalmente.
Cultivar jengibre en un vaso es como ofrecerse un interludio verde, sencillo e inspirador, que nos recuerda que a menudo un poco de naturaleza es suficiente para embellecer la vida cotidiana.
