Cerré la puerta del aula con llave. El clic metálico sonó en el silencio como si el edificio entero se hubiese quedado escuchando.

La mochila verde se convirtió en un punto de paso. Algunos dejaban notas. Otros solo tocaban la lona antes de un examen. No curaba, pero recordaba. No solucionaba, pero acompañaba.

El último día de curso, antes de irse, Álvaro me dejó otra hoja.

«Profe. No gané el campeonato. Mi padre sigue sin trabajo. Pero ya no me despierto con el pecho apretado. Ahora sé que pedir ayuda no me quita fuerza. Me la devuelve.»

Cuando cerré el aula aquel día, el clic metálico volvió a sonar. Pero ya no fue un eco vacío. Fue un punto y seguido.

La mochila sigue ahí. Envejeciendo. Acumulando polvo. Cargando historias que no pesan igual cuando se comparten.

Y si alguna vez dudas de si vale la pena parar el temario, apagar pantallas, hacer una pregunta incómoda… acuérdate de esto:

A veces no salvamos el mundo.
A veces solo evitamos que alguien se hunda ese día.

Y eso —créeme— ya es historia.