Cerré la puerta del aula con llave. El clic metálico sonó en el silencio como si el edificio entero se hubiese quedado escuchando.

Alguien había dejado, cuidadosamente doblado, un papel bajo la correa. No era una tarjeta. Era una hoja arrancada de una libreta, escrita con letra más firme que la del día anterior.

«Ayer pedí la señal. Hoy sigo aquí.»

No tenía nombre. No lo necesitaba.

La clase entró poco a poco. No hubo ruido de móviles; nadie tuvo que pedir nada. Se sentaron como si el espacio hubiese cambiado de gravedad. Como si aquel rectángulo de paredes supiera guardar secretos.

Colgué la hoja junto a la mochila.

—Gracias —dije, sin mirar a nadie en concreto.

Entonces pasó lo que siempre temo y espero a la vez: la realidad llamó a la puerta.

A mitad de la hora, sonó el aviso por megafonía. Voz tensa. “El alumno Amir Hassan, por favor, que se dirija a Jefatura”. Un murmullo recorrió el aula como una grieta que se abre.

Amir se levantó. Tenía la cara blanca. Me miró un segundo, pidiendo permiso o perdón, no supe distinguir. Le asentí. Antes de salir, hizo algo que me partió en dos: tocó la mochila. Solo eso. Y salió.

La clase se quedó suspendida, como si alguien hubiera quitado el sonido al mundo.

No seguí con la lección. No podía.

—Escuchad —dije—. Pase lo que pase ahí fuera, aquí no se rompe nadie solo.

Diez minutos después, la puerta se abrió. Amir volvió acompañado de la orientadora. Tenía los ojos rojos, pero caminaba recto. No miró al suelo. Miró a la clase.

—Quiero decir algo —dijo. La voz le temblaba, pero no retrocedió—. Ayer… esa tarjeta era mía.

Nadie respiró.

—No sabía si iba a aguantar. Hoy he hablado con alguien. No sé cómo va a ir. Pero… —tragó saliva— …no quiero desaparecer.

Lucía fue la primera en levantarse. Luego Álvaro. Luego uno más. Sin aplausos. Sin ruido. Se acercaron y se quedaron de pie, formando un círculo torpe y sincero. Amir se llevó la mano a la cara. Lloró. No de derrota. De alivio.

La orientadora no dijo nada. No hacía falta. A veces, la mejor intervención es no estorbar al momento humano.

Esa semana, otras mochilas invisibles se abrieron: en tutorías, en pasillos, en llamadas a casa. No fue mágico. Hubo lágrimas, enfados, silencios largos. Hubo ayuda profesional, tiempos lentos, pasos atrás y adelante. La vida real.

Pero algo había cambiado.