El aula se quedó inmóvil. Solo se oía el aire acondicionado y, muy al fondo, una tubería.
Durante cinco minutos nadie se movió. Se miraban entre ellos, esperando a que alguien rompiera el momento con una risa.
Entonces, al fondo, Lucía —siempre dieces, siempre perfecta— cogió el bolígrafo. Escribió deprisa, como si llevase meses guardándolo.
Luego otro. Luego otra.
Álvaro miró su tarjeta mucho rato. Tenía la mandíbula apretada. Parecía enfadado. Después se inclinó, tapó el papel con el antebrazo y escribió unas pocas palabras.
Cuando terminaron, fueron pasando uno a uno. Doblaron la tarjeta y la dejaron caer dentro de la boca abierta de la mochila. Parecía un ritual. Una confesión sin público.
Cerré la cremallera. El sonido fue seco.
—Esto —dije, con la mano sobre la lona gastada— es esta clase. Os miráis y veis notas, ropa, etiquetas. Pero esta mochila… esto es lo que sois cuando nadie os mira.
Respiré hondo. El corazón me iba demasiado rápido. Siempre me pasa.
—Voy a leerlas en voz alta —dije—. Y vuestra única tarea es escuchar. Sin risas. Sin susurros. Sin mirar al de al lado para adivinar. Solo sostener el peso. Juntos.
Abrí la mochila y saqué la primera tarjeta.
La letra era torcida, nerviosa.
«Mi padre perdió el trabajo hace meses. Se pone una camisa cada mañana y sale de casa para que los vecinos no lo sepan. Pasa el día en el coche, aparcado en algún sitio. Le he oído llorar. Tengo miedo de que perdamos la casa.»
El aula pareció enfriarse.
Saqué otra.
«Llevo números de emergencia en la mochila. No por mí. Por mi madre. La encontré en el baño el otro día y pensé que se acababa todo. Después fui al instituto e hice un examen. Estoy agotada.»
Levanté la vista. Nadie estaba en su móvil. Nadie se reía. Estaban mirando la mochila.
Otra.
«Siempre miro dónde están las salidas. En el cine, en el supermercado, en el metro. Me hago un plan en la cabeza por si pasa algo grave. Tengo dieciocho años y me preparo para lo peor cada día.»
Otra.
«En mi casa se grita siempre. No por tonterías. Por todo. Me siento a cenar y finjo que como, pero por dentro solo hay ruido.»
Otra.
«Tengo mucha gente mirándome en internet. Subo vídeos como si mi vida fuera perfecta. Ayer lloré en la ducha con el agua corriendo para que mi hermano pequeño no me oyera. Nunca me he sentido tan sola.»
Y siguió. Durante veinte minutos, la verdad salió de esa mochila como si hubiera estado esperando años.
«Decimos que el wifi va mal, pero sé que no se ha podido pagar. Me descargo las tareas en el instituto porque en casa no hay.»
«No quiero ir a la universidad. Quiero aprender un oficio. Pero en mi casa suena a fracaso. Siento que ya estoy decepcionando.»
«Soy el que hace reír a todos. Y a veces pienso que, si un día me callo, nadie sabrá quién soy.»
«Estoy enamorado de alguien y lo escondo. Escucho frases en mi familia que me aprietan la garganta. Me río con ellos y luego me rompo por dentro.»
Leía y veía cómo los hombros se bajaban, como si cada frase aflojara un cinturón demasiado apretado.
Y entonces apareció la última.
La tarjeta estaba doblada más que las demás, como si la hubieran querido aplastar.
«No sé cuánto tiempo voy a aguantar así. Todo es demasiado ruido. Demasiada presión. Espero una señal para quedarme.»
La doblé despacio. No para hacer teatro. Porque me temblaban los dedos.
La dejé dentro de la mochila, con cuidado, como si fuera algo frágil.
Cuando levanté la vista, Álvaro, el grande, el “duro”, tenía la cabeza entre las manos. Los hombros le temblaban. No lo escondía. Ya no podía.
Lucía, la chica perfecta, estaba agarrando la mano de Amir, que normalmente se sienta solo, con la capucha puesta, mirando a otro lado. Él le apretaba la mano como si eso lo mantuviera en pie.
Cerré la puerta del aula con llave. El clic metálico sonó en el silencio como si el edificio entero se hubiese quedado escuchando.
