BAJO EL LLANTO DE LA LLUVIA UNA SOMBRA ARRODILLADA DEVUELVE EL LATIDO AL CORAZÓN BLINDADO QUE SOLO FINGÍA ESTAR DORMIDO

El sol de primavera entraba a raudales por los ventanales del salón. Ya no había mantas cubriendo los muebles. De hecho, algunos muebles habían cambiado de sitio para que la energía fluyera mejor, según insistencia de Lucía.

Alejandro estaba sentado en el sofá, pero no practicaba su respiración ni fingía dormir. Leía el periódico financiero, aunque su atención estaba en otra parte.

Lucía entró con la bandeja del té. Ya no llevaba el uniforme de servicio, sino una blusa sencilla y pantalones elegantes. Ahora era, oficialmente, la administradora de la finca Duval. Y extraoficialmente, la única amiga de Alejandro.

Dejó la bandeja en la mesa. Dos tazas.

—García ha llamado —dijo ella, sentándose frente a él con naturalidad—. El juicio es el mes que viene. Dice que con los antecedentes y el asalto, le caerán al menos diez años.

Alejandro asintió, doblando el periódico.

—Me aseguraré de que sean quince. Tengo buenos abogados.

Lucía sonrió, tomó su taza y sopló el vapor.

—¿Sabe? Los geranios del patio han florecido. Todos. Rojos, rosas, blancos.

—Te dije que el jardinero era bueno.

—No es el jardinero —replicó ella, mirándolo a los ojos—. Es que por fin alguien les habla.

Alejandro devolvió la sonrisa. Era una sonrisa oxidada, todavía en prácticas, pero real. Miró hacia la repisa de la chimenea. La foto de Elena y Marcos seguía allí. Pero ya no era una herida abierta. Era un recuerdo. Un hermoso y triste recuerdo que ya no le impedía ver a la persona que tenía enfrente.

—Lucía —dijo él.

—¿Sí, Alejandro?

—Gracias.

—¿Por el té?

—Por despertarme.

Alejandro extendió su mano sobre la mesa, con la palma abierta, hacia arriba. Ya no había puños cerrados. Lucía, sin dudarlo, colocó su mano sobre la de él. Cálida. Viva.

Afuera, Madrid seguía su ritmo frenético, llena de gente que corría y gritaba. Pero dentro de ese salón, el silencio ya no era soledad. Era paz. Y por primera vez en cinco años, Alejandro Duval no tenía miedo de que llegara la noche.