Alejandro se levantó despacio. No corrió. Abrió el cajón de su escritorio y sacó el revólver que guardaba allí desde hacía años, un arma que había comprado pensando en usarla contra sí mismo, y que ahora pesaba en su mano con un propósito diferente. Quitó el seguro.
Salió al pasillo. Las luces se apagaron definitivamente, dejando la casa en una penumbra grisácea, solo rota por los relámpagos.
—¿Lucía? —llamó, su voz firme.
Nadie respondió. Solo se escuchaba el golpeteo de la lluvia y una respiración pesada, ajena, que no pertenecía a la casa.
Alejandro avanzó hacia la cocina. El haz de luz de un relámpago iluminó el pasillo por un segundo, y entonces lo vio.
Lucía estaba contra la pared, con los ojos desorbitados por el terror. Y frente a ella, una sombra masiva, un hombre con espalda de estibador y manos manchadas de grasa vieja.
—Te dije que te encontraría —gruñó el hombre. Su voz sonaba a grava y rencor—. ¿Creíste que podías esconderte en un castillo de ricos, Lucía? ¿Con mi dinero?
—No tengo tu dinero, Esteban —gimió ella—. Lo gastaste todo en…
El hombre alzó la mano y Lucía se encogió, haciéndose un ovillo. Ese gesto, esa sumisión aprendida a base de dolor, encendió una ira blanca en Alejandro.
—Aléjese de ella.
La voz de Alejandro retumbó en la cocina, amplificada por la acústica de los azulejos. Esteban se giró lentamente. Tenía el rostro curtido, una cicatriz en la ceja y una sonrisa torcida que destilaba desprecio de clase.
—Vaya, vaya. El señorito de la casa. —Esteban dio un paso hacia él, ignorando el arma—. Esto es un asunto matrimonial, jefe. No se meta si no quiere que le manchemos las alfombras.
—Esta es mi casa. Y ella está bajo mi protección. —Alejandro alzó el revólver, apuntando al pecho del intruso. Su pulso no temblaba. Era extraño; se sentía más vivo en ese momento, frente a la muerte, que en todos los años de seguridad estéril.
Esteban soltó una carcajada seca.
—Tú no tienes agallas para disparar eso, viejo. Te tiemblan los ojos. Se te nota que eres de los que pagan para que otros se ensucien las manos.
—Pruébelo —dijo Alejandro, amartillando el arma. El *clic* metálico resonó con finalidad.
Esteban dudó. Miró el arma, luego a Alejandro, y finalmente a Lucía.
—Vámonos, Lucía. Ahora. O juro que quemo este sitio contigo dentro.
Lucía dio un paso tembloroso hacia él, derrotada por el hábito del miedo.
—No —ordenó Alejandro.
Y entonces, todo sucedió muy rápido. Esteban, con la velocidad de quien ha peleado toda su vida en callejones, se abalanzó no sobre Alejandro, sino sobre una mesa auxiliar, lanzando un pesado frutero de cerámica contra él. Alejandro se cubrió el rostro instintivamente. El impacto le hizo perder el equilibrio y el revólver resbaló por el suelo, lejos de su alcance.
Esteban rugió y se lanzó contra Alejandro. Ambos cayeron al suelo con un golpe sordo. El intruso era más joven y más fuerte, una bestia de fuerza bruta. Sus manos, esas manos de mecánico, se cerraron alrededor del cuello de Alejandro.
Alejandro sintió cómo el aire se le cortaba. Veía el rostro de Esteban, rojo de furia, y los dientes apretados. El mundo empezó a oscurecerse en los bordes.
*Así es como termina*, pensó. *No en un coche, sino en el suelo de mi propia cocina.*
Pero entonces, algo cambió. Alejandro recordó la manta. Recordó el té Earl Grey. Recordó la mano de Lucía sobre su puño y la foto de Elena y Marcos. No luchaba por su vida. Su vida ya no le importaba tanto. Luchaba por la única persona que había intentado salvarlo.
Con un grito ahogado, Alejandro clavó los pulgares en los ojos de Esteban. El hombre aulló de dolor y aflojó el agarre un instante. Fue suficiente. Alejandro le propinó un rodillazo en el estómago y logró quitárselo de encima.
Se arrastraron por el suelo, jadeando. Esteban buscaba algo en su bolsillo —una navaja, brilló a la luz de un relámpago—, pero antes de que pudiera abrirla, un sonido sordo y contundente rompió el aire.
*CRACK.*
Esteban se desplomó hacia adelante, inconsciente.
Detrás de él estaba Lucía, sosteniendo una pesada sartén de hierro fundido con ambas manos, respirando como si acabara de correr una maratón. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de una ferocidad nueva. Ya no pedía permiso al suelo.
Alejandro tosió, frotándose el cuello dolorido. Se miraron el uno al otro sobre el cuerpo inerte del hombre que había sido su pesadilla.
—¿Está bien, señor? —preguntó ella, soltando la sartén, que cayó con estrépito.
—Alejandro —corrigió él, con la voz ronca—. Llámeme Alejandro, por Dios.
Se levantó con dificultad y fue hacia ella. Lucía temblaba violentamente ahora que la adrenalina bajaba. Alejandro no lo pensó. La abrazó. No fue un abrazo romántico, ni paternal. Fue el abrazo de dos náufragos que acaban de llegar a la orilla. Ella hundió la cara en su hombro y sollozó, un llanto que llevaba años guardado.
Las sirenas de la policía, alertada por el sistema de seguridad silencioso que García había activado, empezaron a aullar a lo lejos, acercándose bajo la lluvia.
—Se acabó —le susurró Alejandro al oído—. Ya no tienes que huir.
***
Tres meses después.
