BAJO EL LLANTO DE LA LLUVIA UNA SOMBRA ARRODILLADA DEVUELVE EL LATIDO AL CORAZÓN BLINDADO QUE SOLO FINGÍA ESTAR DORMIDO

Esa noche, por primera vez en cinco años, Alejandro Duval no soñó con frenos que fallan y cristales rotos. Soñó con un patio lleno de sol y geranios rojos que susurraban secretos al viento.

Pero en la oscuridad del pasillo de servicio, Lucía no dormía. Estaba sentada en el borde de su estrecha cama, mirando una vieja foto arrugada que sacó de debajo del colchón. No era de una niña. Era de un hombre. Y sus manos, esas que habían consolado a Alejandro, temblaban de puro terror.

—Te encontraré —susurró a la foto, repitiendo las palabras que él le había dicho la última vez que se vieron—. No importa dónde te escondas, Lucía. Te encontraré.

Guardó la foto, apagó la luz y se acostó, rezando para que los muros de piedra del palacete fueran lo suficientemente gruesos para mantener fuera al pasado. Pero sabía que no lo eran. El pasado, como el agua, siempre encuentra una grieta por donde entrar.

Los días que siguieron no fueron una cura milagrosa, pero sí una tregua. La mansión, poco a poco, dejó de oler a cera vieja y empezó a oler a vida. Aparecieron flores frescas en el vestíbulo —geranios, por supuesto, aunque en Madrid costaba mantenerlos— y las cortinas pesadas del salón principal se abrieron para dejar entrar una luz que Alejandro había prohibido durante un lustro.

Lucía asumió su nuevo rol con una eficiencia silenciosa, pero ahora había algo más: una gratitud cautelosa en sus ojos cada vez que se cruzaban por los pasillos. Sin embargo, Alejandro notaba la tensión. Veía cómo ella se sobresaltaba cuando sonaba el timbre, cómo revisaba dos veces los cerrojos de las ventanas antes de que cayera la noche.

El informe de García llegó una semana después, una tarde gris de martes. Un sobre manila sobre el escritorio de caoba de Alejandro.

Alejandro lo abrió con la misma frialdad con la que firmaba fusiones corporativas. Pero lo que leyó le heló la sangre más que cualquier quiebra.

El marido no era solo un “mecánico”. Esteban Rivas. Antecedentes por lesiones graves, extorsión y violencia doméstica. Había salido de prisión hacía tres meses. La “hija fallecida” era real, pero el informe policial sugería que el ambiente en esa casa había sido un infierno mucho antes de la fiebre. Y lo más inquietante: había registros de tarjetas de crédito y movimientos recientes. Rivas estaba en Madrid.

Alejandro cerró la carpeta. Miró por la ventana hacia el jardín, donde Lucía estaba instruyendo al jardinero sobre dónde plantar unos bulbos de invierno. Se veía pequeña desde allí arriba, frágil.

—No esta vez —murmuró Alejandro.

Su mano fue al teléfono.

—García. Quiero seguridad perimetral completa. Discreta. Nadie entra, nadie sale sin identificación. Y quiero saber dónde está Rivas ahora mismo.

—Señor Duval —la voz de García sonaba tensa—, esa es la cuestión. Perdimos su rastro ayer en la zona de Vallecas. Creemos que ha conseguido un vehículo.

Alejandro sintió un peso en el estómago. El instinto de supervivencia, ese animal dormido, despertó rugiendo.

Esa noche, la tormenta regresó a Madrid con una furia bíblica, como si el cielo quisiera terminar lo que había empezado la noche del té. El viento aullaba contra los muros del palacete y la electricidad parpadeaba, amenazando con rendirse.

Alejandro estaba en la biblioteca, intentando leer, pero sus oídos estaban sintonizados con los sonidos de la casa. Lucía estaba en la cocina, terminando de recoger.

De repente, un sonido. No fue un trueno. Fue el crujido seco de madera astillada. Venía de la entrada de servicio.