—Lucía —interrumpió él suavemente, cuando ella hizo una pausa.
—¿Dígame, señor?
—¿Qué hacía su marido? Antes de irse.
La pregunta fue casual, pero el efecto en ella fue inmediato. La sonrisa se desvaneció. Sus ojos se oscurecieron, y esa postura de “pedir permiso al suelo” regresó por un instante.
—Era… mecánico, señor —dijo, pero su voz vaciló una fracción de segundo. Una fracción que para un negociador como Alejandro era un abismo.
—Mecánico —repitió él, asintiendo lentamente—. Manos hábiles.
—Sí. Muy hábiles.
Alejandro notó cómo ella se frotaba inconscientemente la muñeca izquierda, donde la manga del suéter cubría la piel. Un gesto defensivo. Un gesto de memoria corporal.
—Bien —dijo Alejandro, decidiendo no presionar, no todavía—. Se hace tarde. Mañana hablaremos de sus nuevas condiciones. Vaya a descansar, Lucía. Esta vez, de verdad.
Ella se puso de pie, dejó el vaso vacío en la mesa y lo miró una última vez.
—Gracias, señor Duval. Que descanse. Y… trate de abrir las manos al dormir.
—Lo intentaré.
Lucía salió del salón, llevándose con ella el olor a jabón y la extraña paz que había traído. Alejandro esperó a que sus pasos se perdieran en el pasillo. Luego, se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia había cesado, dejando un silencio húmedo sobre el jardín.
Sacó su teléfono del bolsillo interior del saco. Marcó un número que no estaba en su lista de contactos, un número que sabía de memoria.
—Dígame, señor Duval —respondió una voz al tercer tono. Eficiente. Sin sueño.
—García. Necesito una verificación completa. Lucía Navarro. Pueblo del sur, hace dos años. Hija fallecida, marido mecánico.
—¿Algún problema con la empleada nueva, señor? Pensé que le agradaba su discreción.
—No hay problema —dijo Alejandro, mirando su propio reflejo en el cristal oscuro. Veía a un hombre que quería creer, pero que había olvidado cómo—. Solo quiero saber de qué huye exactamente. Porque nadie reza con tanta desesperación solo por tristeza, García. Se reza así cuando se tiene miedo.
—Entendido. Mañana tendrá el informe.
—Y García…
—¿Sí?
—Que sea discreto. No quiero que ella se entere.
—Como siempre, señor.
Alejandro colgó. Volvió al sofá y recogió la fotografía de su esposa y su hijo. Pasó el dedo por el cristal, justo donde Lucía lo había acariciado. Sentía una mezcla extraña de esperanza y culpa. Había compartido un trago con ella, había compartido su dolor… y ahora la estaba investigando.
“Es por seguridad”, se dijo a sí mismo. Pero en el fondo sabía que era algo más. Tenía miedo de descubrir que ella era perfecta. O peor aún, tenía miedo de descubrir que ella estaba en peligro y que él, el hombre que no podía salvar a nadie, querría intentar salvarla a ella.
Se recostó en el sofá, cerró los ojos y, conscientemente, obligó a sus manos a abrirse sobre sus muslos. Palmas arriba. Indefenso.
