Lucía parpadeó, confundida.
—¿Me está… ascendiendo?
—La estoy necesitando —corrigió él, y la palabra “necesitar” le supo extraña en la boca—. Necesito a alguien que entienda que el silencio no siempre es paz. Alguien que sepa cuándo poner una manta sin que se lo pidan.
Se levantó y tomó la botella de whisky de la mesita auxiliar. Dudó un momento y luego sirvió dos vasos cortos. No preguntó. Simplemente extendió uno hacia ella.
—No bebo en el trabajo, señor —dijo ella, escandalizada.
—Son las dos de la mañana, Lucía. Y técnicamente, esto es una reunión de crisis. O un velatorio de nuestros viejos fantasmas. Tómelo. Por favor.
Lucía aceptó el vaso con dedos temblorosos. Alejandro alzó el suyo.
—Por los que no están —dijo él.
—Por los que tienen que seguir estando —respondió ella.
Chocaron los cristales. El sonido fue claro, una nota pura en la penumbra. Bebieron. El licor quemó, pero fue un ardor bueno, un ardor que recordaba que la sangre aún corría por las venas.
—Ahora —dijo Alejandro, volviendo a sentarse, sintiéndose extrañamente agotado pero más ligero—, cuénteme más sobre ese pueblo del sur. ¿Llueve tanto como aquí?
Lucía sonrió por primera vez. Una sonrisa tímida, incompleta, pero genuina.
—Oh no, señor. Allí el sol es tan fuerte que blanquea las paredes. Y los geranios… tendría que ver los geranios. Mi hija solía hablar con ellos. Decía que si no les hablas, se ponen tristes y no florecen.
—¿Igual que las personas?
—Igual que las personas.
La conversación fluyó, lenta y vacilante al principio, como un arroyo que busca su cauce después de una sequía. Hablaron de flores, del clima, de la insipidez de la comida de catering que Alejandro solía pedir. No hablaron más de la muerte. No hacía falta; la muerte estaba allí, sentada en el tercer sillón, pero por primera vez en cinco años, no era la invitada de honor. Era solo una presencia tolerada, mantenida a raya por la calidez de dos voces que se negaban a callar.
Afuera, la lluvia empezó a amainar. Alejandro miró a Lucía mientras ella describía el patio de su infancia. Se fijó en la línea de su mandíbula, en la fuerza oculta en sus gestos delicados. Pensó en la pistola invisible que siempre llevaba en la cabeza, esa desconfianza paranoica hacia el mundo. Por esta noche, decidió dejar el arma en la mesa.
Quizás Lucía tenía razón. Quizás había estado durmiendo con los puños cerrados demasiado tiempo. Y quizás, solo quizás, había llegado el momento de intentar abrir las manos, aunque fuera solo para sostener un vaso de whisky y escuchar una historia sobre geranios que hablan.
Pero en el fondo de su mente, una pequeña alarma seguía sonando. Alejandro era un hombre de negocios, un hombre de instintos. Y su instinto le decía que Lucía Navarro, con toda su bondad y su dolor compartido, seguía siendo un misterio. Porque nadie llega a una mansión en Madrid, huyendo de un pueblo perdido, solo con una maleta y un rosario, sin dejar atrás algo más peligroso que la tristeza.
