—A mi hija. Tenía seis años. Fiebre. Fue rápido, dicen los médicos, pero para mí duró cien años.
El mundo se detuvo para Alejandro. Marcos tenía cinco años cuando el accidente se lo llevó. Cinco. Casi la misma edad. Miró a esa mujer y de repente la vio de otra manera. Ya no era la empleada eficiente y callada. Era una hermana en el dolor. Una veterana de la misma guerra que él libraba cada noche.
—Lo siento —dijo él. Las palabras sonaban insuficientes, ridículas ante la magnitud del abismo que se abría entre los dos.
—Hace tres años —continuó ella, con la voz firme pero frágil como el cristal—. Después de eso… mi marido no aguantó. Se fue. Dijo que yo le recordaba demasiado a ella. Que mi tristeza lo ahogaba. Así que me quedé sola. Y cuando uno se queda solo con el dolor, señor Duval, aprende a reconocerlo en los ojos de los demás. Por eso recé por usted. Porque sé lo que pesa esa foto en su pecho. Sé que a veces uno quisiera meterse dentro del marco y quedarse allí para siempre, estático, sonriendo, en un tiempo donde todo estaba bien.
Alejandro cerró los ojos un momento, luchando contra el ardor que sentía en ellos. Hacía años que no lloraba. Había decidido que las lágrimas eran una pérdida de eficiencia, una fuga de energía. Pero esa noche, con la lluvia golpeando los cristales y la voz de Lucía llenando los huecos de la habitación, sus defensas de acero parecían hechas de papel.
—Yo iba conduciendo —confesó él de repente. No había planeado decirlo. Nunca lo decía. Los informes policiales decían “fallo mecánico”, “carretera resbaladiza”, pero él sabía la verdad de su conciencia—. Discutíamos. Una estupidez. Algo sobre una cena a la que no quería ir. Giré la cabeza un segundo para mirarla… un segundo, Lucía. Y cuando volví a mirar al frente, el camión ya estaba ahí.
El silencio volvió, pero esta vez no era tenso ni hostil. Era un silencio sagrado, de confesionario.
Lucía se inclinó hacia adelante. Sin pensarlo, sin pedir permiso, extendió su mano y la posó sobre el puño cerrado de Alejandro que descansaba en la mesa. Su mano estaba áspera por el trabajo, caliente, viva.
—No fue su culpa, señor —dijo ella con firmeza—. El destino es un animal ciego. No elige. Solo embiste. Usted se quedó aquí para algo.
Alejandro miró la mano de ella sobre la suya. El contraste era absoluto: su piel cuidada, su reloj suizo, bajo los dedos enrojecidos de una mujer que fregaba sus suelos. Y sin embargo, sintió una corriente de energía, un anclaje a la realidad que no había sentido en mucho tiempo.
—¿Para qué? —preguntó él, con amargura—. ¿Para acumular más dinero? ¿Para pasear por esta casa como un fantasma?
—Quizás para aprender que no tiene que hacerlo solo —respondió ella. Retiró la mano suavemente, como si temiera haber quemado la piel de él.
Alejandro respiró hondo. El olor a té y a lluvia llenaba sus pulmones.
—Lucía —dijo, adoptando un tono más sereno—. Mañana… mañana quiero que cambie sus funciones.
El miedo volvió instantáneamente a los ojos de ella.
—¿Señor? Si es por lo que he dicho, le pido disculpas, yo no debería…
—No —la interrumpió él—. No es eso. Quiero decir que ya no quiero que se encargue de la limpieza pesada. Contrataremos a alguien más para eso. Quiero que se encargue de la casa. De… gestionarla. De hacer que deje de parecer un museo y empiece a parecer un lugar donde vive gente.
