—No creo que sea una ladrona —Alejandro acortó la distancia. Estaba a dos metros de ella. Podía oler ese jabón sencillo, limpio, honesto—. Creo que es la primera persona que entra en esta habitación y no mira los jarrones chinos, ni el reloj de oro, ni la caja fuerte escondida tras el cuadro. Usted me miró a mí.
Se hizo un silencio espeso. El reloj de pared marcó la una de la madrugada con un sonido metálico y grave.
—Me miró a mí —repitió él, bajando la voz— y rezó por mí. Nadie hace eso, Lucía. Ni siquiera la gente a la que pago fortunas para que cuiden de mis intereses.
—Porque a usted le tienen miedo, señor Duval —respondió ella, secándose una lágrima con el dorso de la mano—. Y el miedo no deja espacio para la compasión.
—¿Y usted no me tiene miedo?
Lucía lo miró, analizando su rostro cansado, las arrugas prematuras alrededor de sus ojos, la tensión en su mandíbula.
—Le tengo respeto. Y un poco de miedo, sí. Pero sobre todo… —dudó un instante, mordiéndose el labio inferior— sobre todo me da pena ver a un hombre que se castiga por seguir vivo.
Alejandro sintió el impacto de las palabras como un golpe físico. Retrocedió medio paso, tambaleándose emocionalmente. “Castigarse por seguir vivo”. Era exactamente eso. La culpa del sobreviviente. ¿Cómo podía ella verlo con tanta claridad? ¿Qué clase de demonios habitaban en esa mujer tímida para que pudiera reconocer los suyos tan fácilmente?
—Vuelva a sentarse, por favor —dijo él, esta vez sin rastro de mandato, casi como una súplica—. El té se enfría. Y afuera diluvia. No voy a dejar que se vaya así.
Lucía dudó. Miró hacia el pasillo oscuro que llevaba a las habitaciones de servicio, y luego hacia el fuego casi extinto de la chimenea y al hombre que, por primera vez, parecía perdido en su propio salón. Finalmente, asintió levemente y regresó al sofá.
Alejandro se sentó frente a ella. No sabía qué hacer a continuación. Había olvidado cómo conversar sin un objetivo comercial.
—Hábleme de usted —dijo él, buscando romper el hielo que se reformaba—. Lleva tres semanas aquí y solo sé su nombre y su número de seguridad social.
—No hay mucho que contar, señor. Soy de un pueblo pequeño, en el sur. Vine a Madrid hace dos años buscando… bueno, buscando empezar de cero.
—¿Huyendo de algo?
Una sombra cruzó el rostro de Lucía. Sus manos volvieron a jugar nerviosamente con el borde de su suéter.
—Todos huimos de algo, ¿no? A veces es de una deuda, a veces de un hombre, a veces de un recuerdo. Yo huyo del silencio de una casa que se quedó demasiado vacía. Igual que usted.
Alejandro sintió una punzada de curiosidad, pero también de respeto. Ella le estaba ofreciendo una pieza de su rompecabezas a cambio de la que él había mostrado involuntariamente.
—¿Perdió a alguien? —preguntó él, con la voz suave.
Lucía asintió, mirando sus manos.
