BAJO EL LLANTO DE LA LLUVIA UNA SOMBRA ARRODILLADA DEVUELVE EL LATIDO AL CORAZÓN BLINDADO QUE SOLO FINGÍA ESTAR DORMIDO

El silencio que siguió a su voz rota no fue vacío; fue pesado, denso, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Lucía seguía de rodillas, con las manos temblando sobre el regazo, incapaz de sostenerle la mirada, esperando el grito, el despido fulminante, la orden fría de que recogiera sus harapos y desapareciera en la lluvia de Madrid.

Pero el grito no llegó.

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Alejandro se incorporó lentamente, sintiendo cómo la manta —esa manta barata y suave que ella había traído— se deslizaba por sus piernas. La fotografía de Elena y el pequeño Marcos seguía sobre su pecho, un peso físico que ahora quemaba más que nunca. La tomó con una mano, sus dedos rozando el cristal donde, segundos antes, las yemas de Lucía habían dejado una huella invisible de consuelo.

—Levántese —dijo él. Su voz sonó ronca, oxidada por el desuso de la amabilidad, pero carente de la furia que Lucía esperaba.

Ella obedeció torpemente, tropezando con el dobladillo de su propia falda, encogiéndose de hombros como si esperara un golpe. Era pequeña, notó Alejandro por primera vez. No pequeña de estatura, sino de presencia; había aprendido a ocupar el menor espacio posible en el mundo, una habilidad que solo desarrollan los que han sido golpeados demasiadas veces por la vida.

—Señor Duval, le juro que no… no estaba husmeando —susurró ella, con los ojos clavados en las alfombras persas—. Solo vi que se había quedado dormido y hacía frío, y la foto se cayó, y yo… yo no quería despertarlo. Me voy ahora mismo a mi cuarto. Si quiere que me vaya de la casa mañana, lo entiendo.

Alejandro la observó. Podía ver el pulso acelerado en la vena de su cuello, la palidez de su piel bajo la luz tenue de las lámparas de pie que quedaban encendidas.

—¿Por qué rezaba? —preguntó él, ignorando sus disculpas.

Lucía se detuvo en seco. Levantó la vista, sorprendida por la pregunta, y sus ojos se encontraron. Eran oscuros, profundos, rodeados de sombras que el maquillaje barato no lograba ocultar. Ojos de náufrago.

—Porque el sueño de los tristes nunca es descanso, señor —respondió ella, con una honestidad tan brutal que a Alejandro le cortó la respiración—. Es solo una pausa para seguir sufriendo al despertar. Y usted… usted duerme con los puños cerrados.

Alejandro miró sus propias manos. Efectivamente, las tenía cerradas, los nudillos blancos. Llevaba cinco años durmiendo así, listo para pelear contra fantasmas que siempre ganaban.

—¿Y usted qué sabe de mi tristeza, Lucía? —La pregunta tenía un filo defensivo, el viejo reflejo del animal herido que muerde cuando se le acercan.

Ella no retrocedió esta vez. Hubo un cambio sutil en su postura, una dignidad triste que enderezó su columna.

—Sé que esa casa es demasiado grande para un solo hombre —dijo suavemente—. Sé que el polvo no se acumula en los muebles, sino en el aire, porque nadie se ríe aquí. Y sé que esa foto… —señaló el marco que Alejandro aún apretaba— tiene el vidrio gastado de tanto mirarla. El dolor tiene el mismo idioma en todas partes, señor Duval. No hace falta ser rico para entenderlo.

Alejandro sintió un vértigo extraño. Estaba acostumbrado a que la gente le hablara de números, de inversiones, de protocolos o de adulaciones vacías. Nadie le hablaba de *verdad*. Nadie se atrevía a cruzar la línea de fuego de su aislamiento. Y sin embargo, esa mujer, que cobraba el salario mínimo y comía en la cocina, acababa de desnudar su alma con tres frases.

Se puso de pie y caminó hacia la ventana. La lluvia arreciaba, distorsionando las luces de la ciudad en manchas borrosas de ámbar y plata.

—Siéntese —ordenó, sin voltearse.

—Señor, no corresponde, yo soy la…

—He dicho que se siente, Lucía. —Su tono fue autoritario, el tono del hombre que dirigía un imperio empresarial, pero había una grieta en él. Una petición disfrazada de orden.


Escuchó el roce de la tela. Lucía se sentó en el borde del sillón frente al suyo, tensa como un resorte. Alejandro se giró. Miró la taza de té que ella le había traído. Earl Grey. Su favorito. Nunca le había dicho cuál era su favorito.

—¿Cómo sabía lo del té? —preguntó, señalando la taza humeante.

Lucía bajó la mirada, ruborizándose levemente.

—He visto las cajas vacías en la basura, señor. Las de la etiqueta azul son las que más aparecen. Y… bueno, el té ayuda a calentar las manos frías.

Alejandro soltó una exhalación que casi fue una risa amarga.

—Me está vigilando la basura, entonces.

—Uno conoce a las personas por lo que tiran, señor, no por lo que guardan.

La frase quedó flotando en el aire. Alejandro se acercó a la mesa, tomó la taza y bebió un sorbo. El líquido estaba perfecto, caliente, con el punto justo de bergamota. Sintió cómo el calor bajaba por su garganta, descongelando algo en su pecho que llevaba años en estado criogénico.

—La prueba —murmuró él, más para sí mismo que para ella.

—¿Disculpe?

Alejandro dejó la taza y la miró fijamente. Decidió que no tenía sentido mentir. Esa noche, las máscaras se habían caído al suelo junto con la fotografía.

—Me hice el dormido, Lucía. Quería ver qué hacía usted cuando creía que nadie la miraba. Quería ver si robaba algo. Si buscaba la caja fuerte. Si era como los demás.

El rostro de Lucía cambió. La compasión dio paso a una mezcla de dolor y vergüenza. Bajó la cabeza, y Alejandro vio cómo sus manos se apretaban una contra la otra hasta que los dedos se pusieron rojos.

—Entiendo —dijo ella, con la voz ahogada—. Es normal. Usted tiene mucho que perder. Yo… yo solo tengo mi trabajo. Y mi nombre.

Se levantó despacio, con movimientos pesados, como si de repente hubiera envejecido diez años.

—Recogeré mis cosas ahora. No quiero incomodarlo más. Entiendo que no pueda confiar en alguien que… que se toma esas libertades. Le dejaré las llaves en la entrada.

Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la puerta del salón, sus pies descalzos haciendo un sonido casi inaudible sobre la madera. La soledad del salón pareció expandirse de golpe, amenazando con tragar a Alejandro entero. Si ella cruzaba esa puerta, él volvería a ser el rey de un castillo vacío. Volvería al silencio, al whisky, a las noches mirando el techo.

—Lucía.

Ella se detuvo bajo el arco de la puerta, pero no se volvió. Su espalda temblaba levemente. Estaba llorando, se dio cuenta él. Lloraba en silencio, sin hacer drama, con la resignación de quien está acostumbrado a perder.

—No la he despedido —dijo Alejandro. Dio un paso hacia ella—. Y no quiero que se vaya.

Lucía se giró despacio. Tenía las mejillas húmedas, pero sus ojos brillaban con una dignidad feroz.

—Usted cree que soy una ladrona, señor. O una oportunista. No puedo trabajar en una casa donde tengo que demostrar cada día que no soy una criminal solo porque soy pobre.