BAJO EL AROMA DE LAS BUGANVILIAS, EL CRUJIR DE UNA PUERTA ABIERTA POR AZAR DESTROZÓ CINCO AÑOS DE ENTREGA ABSOLUTA

No me movió ni un centímetro.
La giré con un movimiento brusco, usando su propio impulso.
Tropezó. Sus pies se enredaron en la alfombra.
Cayó hacia atrás, golpeándose la espalda baja contra el riel de metal del marco de la puerta del balcón.

El sonido fue seco. Un “crack” repugnante, como una rama seca al romperse.

Ximena cayó al suelo del balcón en una postura antinatural.
Gritó. Un grito de dolor puro, agudo, que rasgó la noche.

—¡Mi espalda! ¡Iñaki! ¡No siento las piernas! ¡No siento las piernas!

Me quedé mirándola.
Estaba tirada, retorciéndose de la cintura para arriba, pero sus piernas… sus piernas bronceadas y perfectas estaban inmóviles, muertas, como si pertenecieran a un maniquí.

Me agaché junto a ella.
—¿No sientes las piernas? —pregunté suavemente.

—¡No! ¡Ayúdame! ¡Por favor, llama a una ambulancia! ¡Duele mucho! —Lloraba histéricamente, mocos y lágrimas mezclándose en su rostro.

Saqué mi navaja.
Con cuidado, pinché su muslo. Un corte pequeño. Sangró.
Ella no reaccionó. Ni un estremecimiento.
Seguía gritando por el dolor en la espalda, pero la pierna no la sentía.

El destino tiene un sentido del humor muy negro. O tal vez, Dios finalmente decidió cobrar la factura.

Me levanté.
Fui al sofá. Cerré la maleta con el dinero. Me colgué mi mochila vieja.
Roberto gimió en el suelo, empezando a recobrar la consciencia, tosiendo.

Caminé hacia la salida.

—¡Iñaki! ¡No me dejes así! —gritó Ximena, arrastrándose con los codos, intentando seguirme. Sus piernas se arrastraban inútiles detrás de ella, peso muerto sobre la loseta fría—. ¡No puedo moverme! ¡Es verdad! ¡Esta vez es verdad!

Me detuve en el umbral de la puerta. Giré la cabeza.

—Lo sé, Ximena —dije, con una calma absoluta—. Lo sé. Tienes mucha experiencia en esto. Vas a estar bien. Ya sabes qué hacer: solo tienes que esperar a que alguien te limpie, te dé de comer y te cambie los pañales. Es tu vida soñada, ¿no? No hacer nada.

—¡NO! ¡Iñaki! ¡Perdóname! ¡Vuelve!

—Adiós, Ximena. Disfruta el paraíso.

Salí del apartamento y cerré la puerta tras de mí, ahogando sus gritos.

Bajé las escaleras con calma. El guardia de seguridad dormitaba en su caseta.
Salí a la calle. El aire húmedo de Cancún me golpeó la cara, pero esta vez se sentía limpio.
Caminé hacia la playa. Me quité los zapatos y hundí los pies en la arena, tal como ella quería haber hecho.
Miré el amanecer. El sol empezaba a teñir el horizonte de naranja y oro.

Tenía el dinero. Tenía mi vida. Y sobre todo, tenía la certeza de que, en ese cuarto de lujo, Ximena Arriola estaba viviendo, por fin, la verdad que ella misma había escrito.

Respiré hondo, llenando mis pulmones de sal y libertad.
Estaba solo. Pero por primera vez en cinco años, no me sentía solo. Me sentía libre.