BAJO EL AROMA DE LAS BUGANVILIAS, EL CRUJIR DE UNA PUERTA ABIERTA POR AZAR DESTROZÓ CINCO AÑOS DE ENTREGA ABSOLUTA

Le di el billete. Arrancó el coche y me dejó en la entrada de la Zona Hotelera.

El contraste fue brutal. De la pobreza silenciosa de mi casa de adobe, había pasado al infierno de neón, música estruendosa y cuerpos sudorosos alcoholizados. Caminé entre la multitud, sintiéndome invisible. Mi ropa sucia y mi cara golpeada hacían que la gente se apartara, pensando que era un vagabundo o un drogadicto. Mejor.

Pasé tres horas buscando. Mis pies, desacostumbrados a caminar tanto después de años de confinamiento doméstico, me dolían. Pero la adrenalina funcionaba como anestesia.

Y entonces, los vi.

No estaban en un antro ruidoso. Estaban en la terraza de un restaurante de mariscos, uno de esos lugares con antorchas y manteles blancos frente a la laguna.
Ximena llevaba un vestido rojo. Reía, echando la cabeza hacia atrás, con una copa de vino en la mano. Roberto devoraba una langosta, rompiendo el caparazón con las manos, la grasa escurriendo por su barbilla.

Me quedé paralizado en la sombra de una palmera, a unos veinte metros.
Verla así, tan viva, tan vibrante, mientras yo me sentía muerto por dentro, fue el combustible final que necesitaba. No sentí amor. No sentí nostalgia. Sentí una frialdad mecánica.

Esperé.
Pagaron la cuenta con un fajo de billetes sacados de mi lata de café. Roberto dejó una propina obscena, riendo. Se levantaron.
Los seguí.

No tomaron un taxi. Caminaron abrazados, tambaleándose un poco por el alcohol, hacia un edificio de condominios de lujo a unas calles de ahí. “Torres del Mar”. Un lugar de rentas vacacionales exclusivas.
Vi cómo hablaban con el guardia de seguridad, quien les abrió la reja con una sonrisa servicial. Entraron al edificio C.

Me quedé afuera, observando las ventanas. Minutos después, se encendió la luz en un departamento del tercer piso. Salieron al balcón. Se besaron. Ximena se reía, señalando el mar oscuro. Luego entraron y apagaron la luz, pero dejaron la puerta corrediza del balcón abierta para dejar entrar la brisa.

Grave error.
Ximena siempre olvidaba cerrar las cosas. Yo siempre iba detrás de ella, cerrando cajones, puertas, llaves de gas. Esta vez, su descuido sería su tumba.

Esperé a que el silencio se apoderara del edificio. Eran las tres de la mañana.
Di la vuelta al complejo. La seguridad era para la puerta principal, pero el perímetro trasero daba a un campo de golf poco vigilado. Salté la barda con dificultad, rasgándome la camisa.
El edificio tenía una estructura escalonada. Los balcones de los pisos inferiores servían de escalera para los superiores.
Para un hombre que había cargado el peso muerto de una mujer adulta todos los días durante cinco años, trepar no fue imposible. Mis brazos eran delgados, sí, pero mis tendones eran de acero.

Llegué al balcón del tercer piso.
Me agazapé en la oscuridad, escuchando.
Ronquidos. Los ronquidos de Roberto sonaban como un motor averiado.

Entré.
El aire acondicionado estaba apagado. El olor a sexo y alcohol impregnaba la habitación.
Mis ojos se ajustaron. Vi la maleta abierta sobre un sofá. Mi dinero estaba ahí, esparcido descuidadamente junto a su ropa.
Podría haber tomado el dinero y huir. Podría haberlos dejado ahí.
Pero eso no borraría los cinco años. Eso no borraría la burla.

Me acerqué a la cama. Dormían desnudos, enredados en las sábanas de seda.
Busqué en mi mochila. Saqué la navaja y los guantes de trabajo que siempre llevaba. Pero entonces, vi algo más útil en la esquina de la habitación.
Una lámpara de pie, de metal pesado, conectada a un enchufe detrás de la cabecera. Y junto a la cama, una cubeta con hielos derretidos y una botella de champán vacía.

Mi mente de electricista conectó los puntos más rápido que mi odio.
Agua. Electricidad. Conductividad.

Caminé silenciosamente hacia el enchufe. Desconecté la lámpara. Con mi navaja, pelé el cable en silencio, dejando expuesto el cobre vivo.
Mis manos no temblaban. Era como arreglar un fusible. Era trabajo.

Me acerqué al lado de la cama donde dormía Roberto.
Vertí el agua de la hielera en el suelo, creando un charco que rodeaba sus pies descalzos que colgaban fuera del colchón, y se extendía hacia el baño.
Luego, enchufé el cable pelado a una extensión que encontré tras el televisor y dejé el extremo vivo, chisporroteando levemente, justo dentro del charco, pero sin tocarlo aún. Necesitaba que se levantaran. Necesitaba que el pánico hiciera el resto.

Me paré a los pies de la cama, en la zona seca.
Agarré la botella de champán vacía.
Y la estrellé contra la pared con todas mis fuerzas.

¡CRASH!

El sonido fue explosivo.
Roberto se despertó de un salto, rugiendo. Ximena gritó.
—¡¿Qué pasa?! —aulló Roberto, desorientado.

Encendí la luz del techo.

Me vieron.
Ahí estaba yo, el espectro, el marido patético, de pie frente a ellos con la mirada vacía y una botella rota en la mano.

—Buenos días —dije.

—¡Tú! —Roberto intentó levantarse. Su instinto fue atacarme. Puso los pies en el suelo húmedo para impulsarse.

En ese momento, empujé el cable vivo con el pie hacia el charco.

El efecto fue inmediato y aterrador.
El agua condujo los 110 voltios directamente a través del cuerpo mojado y robusto de Roberto.
Se puso rígido como una tabla. Sus músculos se contrajeron violentamente. No pudo gritar; el aire se le congeló en la garganta, saliendo solo como un gorgoteo gutural. Sus ojos se pusieron en blanco. Cayó hacia atrás sobre la cama, convulsionando, y luego rodó al suelo, sacudido por la corriente que le recorría los nervios.

—¡Roberto! —chilló Ximena, encogiéndose en la cabecera, aterrorizada.

Pateé el cable lejos del charco para cortar el circuito. Roberto quedó tendido, humeando, inconsciente o muerto. No me importaba. Su pecho aún se movía espasmódicamente. Viviría, probablemente. Pero no se levantaría pronto.

Ximena me miró. Sus ojos, antes llenos de burla, ahora eran dos pozos de terror absoluto.
—Iñaki… Iñaki, por favor… —Empezó a llorar. Esta vez, el llanto era real. Lo reconocí. Sonaba diferente a sus llantos de teatro.

—Levántate —le ordené.

—No… no me hagas daño. Te doy el dinero. Llévatelo todo. ¡Llévatelo! —Señaló la maleta con mano temblorosa.

—No quiero el dinero, Ximena. Quiero que te levantes. Camina. Enséñame qué tan bien caminas.

Ella se bajó de la cama por el lado opuesto, lejos de Roberto y del agua. Estaba desnuda, temblando, cubriéndose con las manos. La arrogancia se había evaporado, dejando ver a una criatura patética y egoísta.

—Iñaki, escúchame. Fue un error. Me confundí. Él me obligó…

Solté una carcajada seca.
—¿Él te obligó a fingir durante cinco años? ¿Él te obligó a dejarme limpiarte el culo mientras te reías por dentro?

Avancé hacia ella. Ella retrocedió hacia el balcón abierto.
—No te acerques… ¡Socorro! —intentó gritar, pero su voz se quebró.

—Nadie te va a oír. La música de los antros tapa todo. Y además… ¿quién va a ayudar a una mujer que engañó a Dios y a su marido?

Ella llegó al borde del balcón. El viento del mar agitaba su cabello.
—Iñaki… te amaba. Al principio te amaba.

—Y yo te amé hasta ayer. —La miré con asco—. Pero ahora solo veo un desperdicio de oxígeno.

Ella vio la oportunidad. O eso creyó.
Yo era delgado. Ella estaba sana, fuerte, llena de adrenalina.
Se lanzó contra mí, intentando empujarme, arañándome la cara, buscando huir por la puerta del cuarto.
—¡Muérete, imbécil! —gritó, clavando sus uñas en mi cuello.

Pero ella no contaba con algo.
Cinco años de cargar un cuerpo inerte desarrollan una fuerza específica. Una fuerza de agarre. Mis manos, acostumbradas a sostener todo su peso para pasarla de la cama a la silla, se cerraron sobre sus muñecas como grilletes de hierro.