La noche estaba fresca. El olor a buganvilias seguía ahí, dulce y empalagoso, burlándose de mí.
Caminé hacia la carretera. Mis pasos eran firmes. Ya no tenía prisa por llegar a casa para cambiar un pañal o dar una pastilla.
El peso de la responsabilidad había desaparecido, reemplazado por el peso del odio. Y sorprendentemente, el odio pesaba menos. El odio me daba energía.
Llegué a la parada del camión bajo la luz parpadeante de una farola.
Esperé.
Un perro callejero se acercó a olerme la mano. Lo acaricié distraídamente.
—Tú también estás solo, ¿verdad? —le murmuré.
El autobús nocturno apareció a lo lejos, rugiendo como una bestia de metal.
Subí. El conductor, un hombre gordo con bigote, me miró el labio partido y la ropa sucia, pero no dijo nada. Le pagué.
—A la terminal del sur —dije.
Me senté en el último asiento, pegado a la ventana. El autobús arrancó.
Vi pasar las luces de mi pueblo. La escuela donde enseñábamos. El mercado donde supuestamente la atropellaron. Cada esquina tenía un recuerdo, y cada recuerdo era ahora una mentira infectada.
Cerré los ojos y traté de dormir, pero cada vez que lo hacía, veía a Ximena de pie, riéndose.
“Es mi esposa. Yo la cuido”. La frase resonaba en mi cabeza como una maldición.
Bueno, ahora tenía una nueva misión. Ya no iba a cuidarla.
Iba a encontrarla.
Veracruz estaba a unas horas. De ahí, el camino hacia el sur.
No sabía quién era Roberto, ni qué tan peligroso podría ser. No me importaba. Yo ya había perdido todo lo que me importaba perder. Un hombre que lo ha perdido todo es el hombre más peligroso del mundo, porque ya no tiene miedo a las consecuencias.
El autobús aceleró, devorando kilómetros de asfalto.
Toqué el ticket en mi bolsillo como si fuera un talismán.
“Espérame, Ximena”, pensé, mientras la oscuridad del camino me tragaba. “Voy a devolverte cada segundo de estos cinco años. Pero esta vez, tú vas a ser la que grite en silencio”.
***
El amanecer me sorprendió entrando a Veracruz. El cielo estaba teñido de un violeta amoratado, similar al color de mi mandíbula.
Bajé del autobús con el cuerpo entumecido, pero la mente clara. El aire aquí era diferente; olía a sal, a pescado y a diésel.
La terminal estaba llena de gente somnolienta, vendedores de café y viajeros apresurados. Me moví entre ellos como un fantasma.
Fui directo a las taquillas.
—Un boleto a Cancún —pedí.
—El directo sale en dos horas. Son mil quinientos pesos —dijo la chica de la taquilla, mascando chicle sin mirarme.
Pagué. Me dolía gastar ese dinero, pero el tiempo era vital. Llevaban horas de ventaja, pero iban en coche. Tendrían que parar a dormir, a comer, a gastar mi dinero. Yo no iba a parar.
Mientras esperaba, fui a un baño público. Me lavé de nuevo, tratando de quitarme la mugre del viaje y de la pelea. Mi reflejo seguía siendo lamentable, pero había algo nuevo en mis ojos. Una chispa dura.
Salí y busqué un teléfono público. Dudé un momento.
Marqué el número de mi hermana, Elena. Ella vivía en la Ciudad de México. Ella siempre desconfió de Ximena. “Esa mujer te consume”, me decía. Cuánta razón tenía.
El teléfono sonó tres veces.
—¿Bueno? —Su voz sonaba adormilada.
—Elena… soy yo, Iñaki.
Hubo un silencio.
—¿Iñaki? ¿Qué pasa? Son las seis de la mañana. ¿Pasó algo con Ximena? ¿Murió?
Solté una risa seca, casi histérica.
—No. No murió. Ojalá.
—¿De qué hablas? Me estás asustando.
—Elena, escúchame bien. Me voy a ir un tiempo. No me busques en la casa.
—¿Irte? ¿Y Ximena? ¿Quién la va a cuidar?
—Nadie tiene que cuidarla, Elena. Camina.
—¿Qué?
—Camina. Siempre pudo caminar. Se fue. Se fue con otro y se llevó todo.
—¡Dios mío! Iñaki… te lo dije… pero… ¿dónde estás? Voy para allá.
—No. No vayas a Puebla. Ya no estoy ahí. Solo quería que supieras que estoy vivo. Y que… que tenías razón.
—Iñaki, no hagas una locura. Ven a mi casa. Denúnciala.
—Tengo que colgar, Elena.
—¡Iñaki! ¡Espera!
Colgué el auricular. Sentí una punzada de culpa, pero no podía involucrarla. Elena intentaría detenerme, intentaría hacerme “razonar”. Y la razón no tenía lugar en lo que yo iba a hacer.
Subí al autobús hacia Cancún. Sería un viaje largo, casi veinte horas.
Me acomodé en el asiento. Saqué la mitad de la foto de Ximena y la puse sobre la bandeja plegable frente a mí.
La observé durante horas mientras el paisaje cambiaba de montañas a selva baja.
Analicé cada rasgo. Esa boca pequeña. Esos ojos almendrados. ¿Cómo pudo actuar tan bien? ¿Cómo pudo mirarme a los ojos mientras yo le cambiaba las sábanas sucias y no sentir ni una pizca de remordimiento?
La respuesta llegó a mí en algún lugar cerca de Villahermosa: Porque para ella, yo no era una persona. Yo era un recurso. Un objeto. Una herramienta.
Y cuando la herramienta deja de ser necesaria, se desecha.
Pero las herramientas, a veces, tienen filos cortantes.
Llegué a Cancún al día siguiente, con el cuerpo molido y el alma negra.
El calor era sofocante, húmedo, pegajoso. Turistas en shorts y camisas floreadas pululaban por todas partes, riendo, gastando, viviendo esa vida de placer que Ximena tanto ansiaba.
Salí de la terminal y el sol me cegó momentáneamente.
Saqué el ticket de la gasolinera una vez más.
*’El Jarocho’*.
Era un apodo común en Veracruz, pero estaba escrito en un recibo. Podía ser el nombre del contacto que les vendió algo, o quizás… quizás Roberto era ‘El Jarocho’.
Necesitaba información. Y sabía que Ximena no se quedaría en un hotelucho. Con mi dinero en la bolsa, querría vivir la fantasía completa. Hoteles todo incluido, vista al mar, lujos.
Pero Cancún es enorme. Hay cientos de hoteles.
Caminé hacia una parada de taxis. Los taxistas lo saben todo.
Me acerqué a uno, un hombre mayor que fumaba recargado en su Tsuru blanco.
—Jefe —le dije.
—¿A dónde lo llevo, joven?
—Busco información.
El hombre me miró de arriba abajo. Mi aspecto no sugería que tuviera dinero para propinas, pero saqué un billete de veinte dólares de los que traía. Sus ojos brillaron.
—Depende de qué busque.
—Busco
—…a una pareja. Llegaron ayer. Ella es llamativa, le gusta hacerse notar. Él es un gorila con cara de pocos amigos. Probablemente rentaron algo caro, o están en la zona de antros gastando dinero como si se fuera a acabar el mundo.
El taxista se rió, exhalando una nube de humo.
—Uy, joven, de esos llegan mil diarios. Pero si traen lana y quieren farolear, seguro se fueron a Punta Cancún. Ahí están los hoteles de lujo y las discotecas. Si es como dices, que a ella le gusta el show, busca en el “Coco Bongo” o en los bares de al lado. A esta hora, ahí es donde van los que quieren que los vean.
