Lentamente, con el cuerpo agarrotado, me obligué a sentarme.
La habitación estaba en sombras, pero mis ojos, acostumbrados a la penumbra de años de vigilia, distinguían los contornos.
La cama vacía. Las sábanas revueltas. El ropero abierto como una boca hambrienta, vacío de su ropa y de mis ahorros. Y en el rincón, la silla de ruedas volcada.
Me arrastré hasta ella. No sé por qué. Quizás porque era el único objeto que daba fe de que lo que había vivido no había sido una alucinación. Toqué el asiento de cuero sintético, desgastado por el uso. Toqué las ruedas, llenas de polvo.
Un grito nació en mis entrañas. Un grito primitivo, animal.
—¡AAAAAAHHHHHH!
Grité hasta que me ardió la garganta. Agarré la silla de ruedas y la levanté con una fuerza que no sabía que tenía, lanzándola contra la ventana. El vidrio estalló en mil pedazos, lloviendo sobre el patio exterior.
Empecé a destruir la habitación.
Arranqué las cortinas. Volqué el colchón donde ella había fingido su invalidez. Rompí los frascos de medicina que aún estaban en la mesita de noche —vitaminas, analgésicos, placebos para una enfermedad inexistente—. El olor a alcohol y alcanfor inundó el aire, mezclándose con el olor a humedad de la noche.
Rompí todo hasta que no me quedaron fuerzas. Hasta que caí de rodillas en medio del caos, jadeando, sudando, llorando como un niño huérfano.
¿Cómo pude ser tan ciego?
Esa era la pregunta que me taladraba el cerebro. Repasé los últimos cinco años a velocidad vertiginosa.
Las veces que la noté “mejor” y el médico del pueblo, un anciano que apenas veía, me decía que eran “milagros pasajeros”. ¿Acaso ella lo engañó a él también? ¿O simplemente se aprovechó de la negligencia rural?
Recordé las noches en que dormía profundamente por el cansancio y despertaba con la sensación de que algo había cambiado de lugar en la casa. Yo lo atribuía a mi propia torpeza o a mi memoria fallida.
Recordé las llamadas telefónicas que se cortaban cuando yo entraba en la habitación. “Número equivocado”, decía ella con voz débil.
Todo estaba ahí. Las señales estaban ahí. Pero yo estaba cegado por el amor y por ese complejo de salvador que ahora me parecía repugnante. Yo necesitaba sentirme útil, necesitaba ser el héroe de su tragedia, y ella lo sabía. Ella se alimentó de mi necesidad.
Me levanté, tambaleándome. Necesitaba agua. Necesitaba lavarme la sangre de la cara.
Fui al baño. Al mirarme en el espejo roto, vi a un extraño. Un hombre flaco, con el labio partido y los ojos inyectados en sangre, rodeados de ojeras negras como el carbón. Parecía un espectro.
Me lavé la cara con agua fría. El contacto con el líquido helado me despejó un poco la mente. El shock inicial estaba dando paso a algo más peligroso: una claridad fría y absoluta.
Regresé a la habitación. Encendí la luz, una bombilla desnuda que colgaba del techo.
Tenía que pensar. Se habían llevado el dinero. Se habían llevado su ropa. Pero en la prisa, en la arrogancia de creerse intocables, la gente siempre comete errores.
Empecé a revisar lo que quedaba.
El colchón volcado. Nada.
El ropero vacío. Solo ganchos de ropa y polvo.
La mesita de noche.
Abrí el cajón. Estaba vacío, salvo por una Biblia vieja y un rosario que yo le había regalado. La hipocresía de esos objetos me dio náuseas.
Me senté en el suelo, derrotado de nuevo. ¿Y ahora qué? ¿Ir a la policía? ¿Decir qué? “Mi esposa fingió estar paralítica y se fue con su amante y mi dinero”. Se reirían de mí. O peor, harían un reporte que terminaría archivado en una pila de burocracia infinita. El dinero en efectivo no deja rastro. No tenía pruebas de que fuera mío. Y ella… ella era mi esposa. Legalmente, tenía derecho a irse.
La humillación pública sería insoportable. En el pueblo, todos me veían como el “santo” Iñaki. Si se supiera la verdad, pasaría a ser el “idiota” Iñaki. El cornudo. El imbécil que limpiaba traseros sanos.
No. La policía no era una opción.
Mi mirada vagó por el suelo, entre los escombros de mi ataque de furia. Algo brilló bajo la pata de la cama, medio oculto por una bola de pelusa.
Me acerqué y lo recogí.
Era un ticket. Un pequeño trozo de papel térmico, arrugado.
Lo alisé con cuidado sobre mi palma temblorosa.
Era un recibo de una gasolinera. De hacía dos días. “Gasolinera El paso – Autopista Puebla-Veracruz”.
Pero no fue la ubicación lo que me detuvo el corazón. Fue lo que estaba escrito en el reverso, con la letra inconfundible de Ximena, esa caligrafía redonda y perfecta de maestra de primaria que yo tanto admiraba.
Había un número de teléfono y un nombre: *’El Jarocho’ – Boletos p/ Cancún*.
Cancún. El paraíso.
Siempre me decía, antes del accidente, que su sueño era ver el mar Caribe. Que quería hundir los pies en la arena blanca y olvidar la pobreza del centro del país.
Así que ese era el plan. Huir al paraíso con mi dinero.
Apreté el papel en mi puño hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
Miré a mi alrededor, a la casa que mis padres me habían dejado, a las paredes de adobe que habían sido testigos de mi martirio. Ya no sentía tristeza. La tristeza es un lujo para quienes tienen esperanza de consuelo. Yo no tenía nada.
Solo tenía un propósito.
Fui a la cocina. Busqué debajo del fregadero, donde guardaba una caja de herramientas pesada. Saqué un martillo. No, eso no servía.
Busqué más al fondo. Encontré lo que buscaba.
Una vieja lata de café donde mi abuelo guardaba un “fondo de emergencia” que Ximena desconocía. Ella nunca entraba a la cocina a hurgar entre las herramientas viejas; era demasiado sucio para su papel de princesa inválida.
Abrí la lata con dedos ansiosos.
Ahí estaban. Unos pocos centenarios de oro y un fajo de dólares viejos que mi abuelo trajo del norte hace décadas. No era una fortuna, pero era suficiente. Suficiente para un boleto de autobús. Suficiente para comprar comida. Suficiente para comprar algo con qué defenderme.
Guardé el dinero en mi bolsillo.
Regresé a la habitación. Tomé una mochila vieja, la que usaba para ir a la escuela antes de que mi vida se detuviera.
Metí dos mudas de ropa. Una botella de agua. La navaja suiza que usaba para pelar cables. Y la foto de nuestra boda.
La miré por un segundo. Éramos tan jóvenes. Yo sonreía con una ingenuidad que me daba asco. Ella sonreía… ahora veía la falsedad en esa sonrisa. Los ojos que no sonreían junto con la boca.
Rompí la foto por la mitad. Tiré mi mitad al suelo. Guardé la mitad de ella en mi bolsillo. Necesitaba recordar esa cara. No la cara que amé, sino la cara del enemigo.
Salí de la casa sin cerrar la puerta. Que entrara quien quisiera. Que se llevaran lo que quedaba. Ya no era mi hogar. Era el mausoleo de un hombre muerto.
