BAJO EL AROMA DE LAS BUGANVILIAS, EL CRUJIR DE UNA PUERTA ABIERTA POR AZAR DESTROZÓ CINCO AÑOS DE ENTREGA ABSOLUTA

—¡Bingo! —exclamó él, sacando la vieja lata oxidada donde yo guardaba cada peso que sobraba de las reparaciones eléctricas, el dinero destinado a una futura cirugía, a una silla de ruedas mejor, a su salvación.

Fue el sonido de las monedas chocando contra los billetes arrugados lo que me sacó del estupor. Ese sonido metálico rompió el hechizo.

Mis piernas, que temblaban, dieron un paso adelante por instinto. La suela de mi zapato desgastado chirrió contra la loseta suelta de la entrada.

El ruido fue como un disparo en el silencio de la conspiración.

Ambos se giraron al mismo tiempo. El hombre se tensó, cerrando los puños, con la lata de dinero apretada contra su pecho como un tesoro pirata. Pero fue la reacción de Ximena la que me terminó de matar.

No hubo grito. No hubo desmayo. No hubo ni siquiera esa vergüenza instintiva que uno espera ver en el rostro de alguien descubierto en la peor de las traiciones.

Sus ojos se encontraron con los míos y, por una fracción de segundo, vi sorpresa. Solo eso. Luego, la sorpresa se transformó en algo mucho más frío, más duro: molestia. Como si yo fuera un niño inoportuno que interrumpía una conversación de adultos.

—Te dije que era temprano —masculló el hombre, mirando a Ximena con recriminación.

—Cállate, Roberto —replicó ella, sin dejar de mirarme. Su voz… Dios mío, su voz. Ya no era el susurro quebradizo y sibilante de los últimos cinco años. Era la voz de la Ximena de antes, pero afilada con un cinismo que desconocía—. Iñaki siempre ha sido predecible. Lo raro es que haya vuelto.

Sentí que las rodillas me fallaban. Me apoyé en el marco de la puerta porque el suelo parecía haberse convertido en líquido.

—Ximena… —Mi voz salió como un graznido, un sonido patético que odié al instante—. Estás… estás de pie.

Ella soltó un suspiro, un gesto de impaciencia teatral. Se pasó una mano por el cabello, un cabello que esa mañana yo había cepillado con delicadeza para no lastimarla, y que ahora ella sacudía con arrogancia.

—No seas estúpido, Iñaki. Claro que estoy de pie. Llevo de pie mucho tiempo.

—Cinco años… —balbuceé, sintiendo cómo las lágrimas, calientes y humillantes, empezaban a nublarme la vista—. Cinco años te he limpiado. Te he cargado. He dejado mi vida…

—Y te lo agradezco, en serio —dijo ella, con un tono tan casual que helaba la sangre. Dio un paso hacia mí. Caminaba. Caminaba con una fluidez perfecta, sin cojera, sin atrofia. Cada paso suyo era una bofetada a mis noches de insomnio—. Fuiste un enfermero excelente. Un poco aburrido, quizás. Demasiado… mártir. Pero servicial.

—¿Por qué? —La pregunta se me escapó, cargada de un dolor que me desgarraba la garganta.

Roberto, el hombre, se echó la maleta al hombro y se acercó a ella, impaciente.

—Vámonos ya, nena. Si este tipo llama a la policía…

—No va a llamar a nadie —Ximena sonrió, una mueca torcida que deformaba el rostro que yo había amado—. Iñaki es incapaz de hacer daño a una mosca. Míralo. Es patético.

Ella se agachó para recoger un bolso de mano que estaba sobre la silla de ruedas. La silla. Mi enemiga y mi compañera durante un lustro. Ximena la apartó de una patada con desprecio. La silla rodó hasta chocar contra la pared.

—¿Por qué? —repetí, gritando esta vez, sintiendo una furia volcánica nacer en mi estómago, mezclándose con la bilis.

—Porque me asfixiaba, Iñaki —gritó ella de vuelta, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Me asfixiaba esta vida de mierda! ¡La casita de adobe, los tamales, los niños mocosos de la escuela, tu conformismo! El accidente fue real, sí. Me dolió. Pero a los seis meses ya sentía las piernas. A los ocho podía caminar si me apoyaba en los muebles.

—¿Y no me dijiste nada? —Avancé un paso, tambaleándome dentro de la habitación.

—¿Para qué? —Se rió, una risa cruel—. ¿Para volver a trabajar? ¿Para volver a lavar ropa y cocinar para ti? Me di cuenta de que, si no me movía, tú lo hacías todo. Todo. Me traías la comida, me bañabas, me tratabas como a una santa. Y yo solo tenía que estar ahí, acostada, viendo telenovelas y planeando… esto.

—¿Y él? —Señalé a Roberto, que me miraba con una mezcla de lástima y amenaza.

—Roberto llegó hace dos años a arreglar el techo —dijo ella, entrelazando su brazo con el de él—. Tú estabas trabajando, como siempre. Fue… emocionante. Tenerlo aquí, en tu cama, mientras tú sudabas arreglando cables por una miseria. El riesgo nos mantenía vivos.

La imagen me golpeó con la fuerza de un mazo. Las veces que llegué a casa y la encontraba “dormida”, con las mejillas sonrosadas. Las veces que me decía que no tenía hambre. Las veces que yo le pedía perdón por no poder comprarle medicinas mejores, mientras ellos se reían a mis espaldas.

La rabia estalló. No pensé. No razoné. Solo vi la lata con mis ahorros en las manos de ese extraño y la sonrisa burlona de la mujer por la que había sacrificado mi juventud.

Me lancé sobre Roberto.

Fue un acto suicida. Yo era un hombre delgado, desgastado por la fatiga crónica y la mala alimentación. Él era un muro de carne.

—¡Suelta eso! —grité, aferrándome a su camisa.

El impacto fue inmediato. Roberto ni siquiera tuvo que esforzarse. Me dio un empujón seco en el pecho, seguido de un puñetazo torpe pero contundente en la mandíbula.

Sentí el crujido en mi cabeza antes que el dolor. Salí despedido hacia atrás, tropezando con mis propios pies, y caí pesadamente sobre la mesa de centro, rompiéndola.

El dolor estalló en mi espalda y en mi rostro, pero el dolor físico era un alivio comparado con la agonía de mi alma. Me quedé en el suelo, aturdido, saboreando la sangre en mi boca.

—Te dije que nos fuéramos —gruñó Roberto, mirándome desde arriba.

Ximena se acercó. Yo esperaba, en algún rincón estúpido de mi corazón, que ella se preocupara. Que al verme sangrar, recordara al hombre que le había sostenido la mano durante las tormentas.

Se paró junto a mí. Vi sus zapatos. Unos zapatos de tacón bajo que yo no sabía que tenía.

—No nos busques, Iñaki —dijo, y su voz sonaba lejana, como si me hablara desde otro planeta—. En serio. Tienes la casa. Tienes tu libertad. Considéralo un pago por tus servicios.

—Eres… un monstruo —susurré, escupiendo sangre sobre las baldosas.

—Soy una mujer que sobrevivió a su propia vida —respondió ella.

Escuché el sonido del cierre de la maleta. Los pasos alejándose. La puerta principal abriéndose.

—Adiós, profesor —dijo Roberto con sorna antes de salir.

Ximena no dijo nada más. Ni siquiera volteó.

La puerta se cerró de golpe, dejándome en la penumbra creciente.

Escuché el motor de una camioneta arrancar afuera. El rugido del escape, las llantas triturando la grava del camino, y luego, el sonido desvaneciéndose lentamente hacia la carretera principal, llevándose mi dinero, mi esposa, y los últimos cinco años de mi existencia.

Me quedé tirado en el suelo, rodeado de astillas de madera y del silencio sepulcral de la casa.

No sé cuánto tiempo pasé ahí. Minutos. Horas. La luz del sol se retiró por completo y la oscuridad invadió la habitación, esa misma oscuridad que tantas veces había combatido encendiendo velas para que Ximena no tuviera miedo.

El dolor en la mandíbula era punzante, pero el pecho me dolía más. Sentía que me faltaba el aire, una opresión física que me impedía respirar con normalidad.